I love Lovecraft

Ha pasado poco tiempo desde que me encontré a Lovecraft en la red -tan solo siete años- desde entonces, gracias a Ernest empecé a leerlo y tiempo después -cuando ya no podía dejar de leer- empecé a recopilar sus relatos; tuve algunos problemas porque algunos de ellos están perdidos y otros simplemente no se encuentran con tanta facilidad en la red.

Algunos participantes del foro de Ciberanika me enviaron desde España libros de Lovecraft -Gracias por eso- y tiempo después empecé a buscar en el fondo de las tiendas y librerías de mi ciudad y encontré uno que otro, algunos con relatos repetidos y pastas maltratadas. Las mini Ferias del Libro también han ayudado mucho en mi búsqueda y los viajes que he tenido oportunidad de hacer.

Actualmente tengo un pequeño ''altar'' a Cthulhu, el personaje más reconocido y popular de Lovecraft, así como un tatuaje del mismo en mi tobillo.



A algunos les pareció exagerado, tonto y a otros simplemente no les gustó, pero Lovecraft me inspiró para mis historias y me invitó a un mundo maravilloso con paisajes inimaginables y seres fascinantes. Su redacción y su creatividad me maravillan desde que leí 'La Sombra Sobre Innsmouth' hace años, rescató una parte de mi personalidad que pendía de un hilo y que a punto estuve de perder.



Ahora quiero compartir los relatos con ustedes, sin ánimo de lucrar o ganar algo, solamente de guardar -porque mi pc puede fenecer en cualquier momento- y de invitarlos a entrar en Innsmouth o Dunwich, a soñar en la casa de la bruja o a llamar al gran Cthulhu que yace dormido en la profundidad del mar.

Bienvenidos.

Eyra Garibay Wong

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lunes, 14 de julio de 2008

SORDO, MUDO Y CIEGO 1924 (C. M. Eddy)

Poco después del mediodía del 28 de junio de 1924, el doctor Morchouse detuvo su automóvil ante la finca Tanner y cuatro hombres descendieron. La pétrea construcción, en perfecto estado de conservación, se alzaba cerca del camino, y, de no ser por el pantano en su parte trasera, carecería de cualquier sugestión siniestra. El blanco e inmaculado portal era visible más allá del pulcro césped, desde alguna distancia camino abajo; y mientras el grupo del doctor se acercaba, pudieron distinguir la pesada puerta abierta de par en par. Tan sólo la mosquitero estaba cerrada. La proximidad de la casa había impuesto una especie de nervioso silencio a los cuatro hombres, ya que lo que acechaba en su interior sólo podía imaginarse con difuso terror. Un terror que se vio sumamente reducido cuando los exploradores escucharon claramente el sonido de la máquina de escribir de Richitrd Blake.

Menos de una hora antes, un hombre adulto había huido de esta casa, destacado, sin chaqueta y vociferando, para desplomarse ante la puerta de su vecino más próximo, como a un kilometro, balbuciendo incoherencias sobre «casa>,, «oscuro,, ,pantano,, y «alcoba,,, El doctor Morehouse, oyendo que una criatura babeante y enloquecida había escapado de la casa del viejo Tanner por el límite del pantano, no necesitó mayores acicates para entrar en acción. Supo que algo podía suceder desde el momento en que los dos hombres ocuparon la maldita casa de piedra... el hombre que había huido y su patrón, Richard Blake, el poeta de Boston, el genio que había ido a la guerra con cada nervio y sentido alertas, para regresar en su estado actual: aún gallardo, pero medio paralítico; todavía paseando con canciones entre las visiones y sonidos de la viva fantasía, a pesar de estar cerrado para siempre al mundo físico: ¡Sordo, mudo y ciego!

Blake se había deleitado con las extrañas historias y estremecedoras insinuaciones acerca de la casa y sus primeros inquilinos. Tales espantosas tradiciones eran una posesión mental cuyo goce no podía impedir su estado físico. Había sonreído ante el augurio de los supersticiosos pueblerinos. Ahora, con su único acompañante en fuga presa del pánico, y él mismo inerme ante lo que hubiera causado tal espanto, ¡Blake tendría menor ocasión de divertirse y sonreír! Éstas, en fin, eran las reflexiones del doctor Morehouse mientras encaraba el problema del fugitivo y solicitaba al desconcertado granjero ayuda para desvelar el misterio. Los Morehouse eran una vieja familia de Fenham, y el abuelo del doctor había sido uno de los que quemaron el cuerpo del misántropo Simeón Tanner en 1819. A pesar del tiempo transcurrido, el avezado doctor no podía evitar un escalofrío pensando en tal acto... y en las cándidas conclusiones sacadas por los ignorantes paisanos a partir de una ligera e insignificante malformación del difunto. Sabia que aquel estremecimiento era estúpido, ya que unas minúsculas protuberancias óseas en la parte delantera (¡el cráneo no significan nada, e incluso pueden observarse en algunos calvos.

Entre los cuatro hombres que finalmente decidieron partir hacia esa aborrecida casa en el coche del doctor, hubo un temeroso y singular intercambio de vagas leyendas y medio furtivos fragmentos de habladurías murmuradas por chismosas abuelas... leyendas e insinuaciones pocas veces repetidas y casi nunca cotejadas, Se remontaban tan atrás como 1692, cuando un Tanner fue ajusticiado en Gallows Hill, Salem, tras un juicio por brujería; pero no aumentaron hasta que la casa fue construida en 1747, aunque el edificio actual era más moderno. Ni siquiera entonces los cuentos eran muy numerosos, a despecho de lo extraños que eran todos los Tanner, sino sólo a raíz del último de todos, el viejo Simeón, a quien la gente temía atrozmente. Se hizo cargo de su herencia -horriblemente, según musitaban algunos- y tapió las ventanas de la habitación sureste, cuyo muro este daba al pantano. Aquél era su estudio y biblioteca, y tenía una puerta de doble grosor con refuerzos. Fue forzada con hachas aquella terrible noche del invierno de 1819, cuando el humo hediondo había ascendido por la chimenea, y allí se encontró el cuerpo de Tanner... con aquella expresion en su rostro. Fue a causa de aquella expresión -no por las dos huesudas protuberancias bajo el estropajoso cabello blanco- lo que les llevó a quemar el cuerpo, así como los libros y manuscritos que contenía la estancia. Sin embargo, la corta distancia a la finca Tanner quedó cubierta mucho antes de que la cuestión histórica más importante pudiera cotejarse.

Mientras el doctor, a la cabeza del grupo, abría la mosquitero y entraba al vestíbulo de arcos, se percató de que el sonido de la máquina de escribir había cesado bruscamente. En ese instante dos de los hombres también creyeron notar una débil corriente de aire frío extrañamente fuera de tono con el gran calor del día, aunque más tarde rehusaron jurarlo. El vestíbulo estaba en perfecto orden, así como las diversas estancias en donde penetraron buscando el estudio donde presuntamente se hallaría Blake. El autor había amueblado su casa con exquisito gusto colonial y, aunque no disponía de más ayuda que la de un único sirviente, se había mantenido todo en un estado de admirable limpieza.

El doctor Morehouse guió a sus hombres de habitación en habitación por las puertas abiertas de par en par y las arcadas, hallando por fin la librería o estudio que buscaba: una exquisita habitación orientada al sur, en la planta baja y adyacente a lo que una vez fuera el espantoso estudio de Simeón Tanner, revestida de libros, que el sirviente le leía a través de un ingenioso alfabeto de toques, y los más abultados volúmenes de Braille, que el mismo autor leía con las sensitivas yemas de sus dedos. Richard Blake, por supuesto, estaba allí, sentado como era habitual ante su máquina de escribir, con un montón de hojas recién escritas desparramadas por la mesa y el ,suelo, y con una hoja aún en la máquina. Había interrumpido su trabajo, parecía, con cierta brusquedad, quizás por un escalofrío que le había hecho cerrarse el cuello de la bata, y su cabeza estaba vuelta hacia el portal de la soleada habitación adyacente, de forma bastante ¡singular para alguien a quien su falta de vista y oído bloquea toda impresión del mundo exterior.

Al acercarse, situándose donde pudiera ver el rostro del autor, el doctor Morehouse empalideció e hizo gesto,,; ii los demás para que permanecieran atrás. Necesitó algún tiempo para tranquilizarse y disipar toda posibilidad de sufrir algún espantoso espejismo. No necesitó tiempo para preguntarse por qué había sido quemado el cuerpo del viejo Simeón Tanner por su expresión aquella noche de invierno, porque allí había algo que sólo una mente perfectamente disciplinada podía enfrentar. El difunto Richard Blake, cuya máquina de escribir había cesado su incesante tecleo sólo cuando los hombres habían penetrado en la casa, había visto algo a pesar de nu ceguera y había sido afectado por ello. No había ninguna humanidad en la mirada de aquel rostro, ni en la macabra y vidriada visión que llameaba en los grandes ojos azules inyectados en sangre, privados de imágenes de este mundo durante seis años. Aquellos ojos estaban clavados con un éxtasis de manifiesto horror sobre el zaguán que llevaba al estudio del viejo Simeón Tanner, donde el sol resplandecía sobre los muros una vez sumidos en la negrura del tapiado. Y el doctor Arlo Morehouse se tambaleó aturdido al descubrir que, a pesar de la deslumbrante luz diurna, las pupilas negras como la tinta de aquellos ojos estaban tan cavernosamente dilatadas como las de los ojos de un gato en la oscuridad.

El doctor cerró aquellos ojos ciegos de mirada fija antes de dejar que los demás vieran el rostro del cadáver. Mientras tanto, estudió el cuerpo sin vida con febril diligencia utilizando minuciosos cuidados técnicos a pesar de sus alterados nervios y casi temblorosas manos. Algunos de sus resultados los comunicaba de tiempo en tiempo al espantado e inquisitivo trío de su alrededor; otros se los guardó juiciosamente para sí mismo, ya que les provocaría especulaciones más inquietantes de lo que las cavilaciones humanas deben ser. No fue nada que él dijera, sino una atenta observación propia, lo que hizo murmurar a uno de los hombres sobre el desgreñado cabello negro del cadáver y la forma en que los papeles estaban esparcidos. Este hombre dijo que era como si una fuerte brisa hubiera soplado por el abierto portal hacia donde estaba vuelto el muerto; pero, aunque las ventanas de mas allá una vez tapiadas estaban en efecto completamente abiertas al cálido aire de junio, apenas hubo un soplo de viento en todo el día.

Cuando uno de los hombres comenzó a recoger las hojas del manuscrito recién mecanografiado que yacían en el suelo y la mesa, el doctor Morehouse le detuvo con un gesto alarmado. Había visto la hoja que permanecía en la máquina y la había sacado precipitadamente, colocándola en su bolsillo tras de que una frase o dos volvieran a hacerle palidecer. Este incidente le hizo recoger por sí mismo las dispersas hojas y apiñarlas en un bolsillo interior sin detenerse a ordenarlas. Pero lo leído no era ni siquiera la mitad de aterrador que lo descubierto: la sutil diferencia de impresión y tecleo que distinguía las hojas recogidas de la que se encontraba en la máquina de escribir. No pudo disociar esta sombría impresión de la terrible circunstancia que tan celosamente había ocultado a los hombres que oyeran el tecleo de la máquina hacía menos de diez minutos... el hecho que trataba de arrancar incluso de su propia mente hasta estar a solas, retrepado en las misericordiosas profundidades del sillón de su Morris. Uno puede juzgar el temor que sintió ante esto a tenor del esfuerzo que le costó ocultarlo. En más de treinta años de práctica profesional había sido considerado como un forense a quien ningún dato podía ocultarse; aunque, entre tantas formalidades como había seguido, ningún hombre supo jamás que cuando examinó a este cadáver retorcido, de mirada fija y ciego, había descubierto inmediatamente que la muerte debía haber tenido lugar al menos media hora antes del descubrimiento.

El doctor Morehouse cerró la puerta exterior y condujo al grupo por todos los rincones de la vieja casa, buscando cualquier pista que pudiera explicar la tragedia. No obtuvieron más resultado que el fracaso total. Sabía que la trampilla del viejo Simeón Tanner había sido elimiinada tan pronto como los libros y cuerpo del recluso fueron quemados, y que la cámara subterránea y el sinuoso túnel bajo los pantanos fueron rellenados una vez descubiertos, casi treinta y cinco años atrás. No vio nuevas anomalías que hubieran tomado su puesto, y todo el lugar mostraba solamente la normal limpieza y la moderna restauración y cuidado propias del buen gusto.

Telefoneando al sheriff de Fenham y al forense del condado en Bayboro, esperó la llegada del primero; éste, al llegar, insistió en juramentar a dos de los hombres como sus ayudantes mientras aparecía el forense. El doctor Morehouse, sabedor de la falsedad y futilidad de las pesquisas oficiales, no pudo evitar sonreír aviesamente al marcharse en compañía del aldeano en cuya casa aún se cobijaba el hombre que había huido.

Encontraron al paciente excesivamente débil, aunque consciente y bastante sereno. Habiendo prometido al sheriff obtener transmitir toda información posible del fugitivo, el doctor Morchouse comenzó un interrogatorio calmado y lleno de tacto que fue recibido con espíritu racional y bien dispuesto, sólo entorpecido por las lagunas de memoria. La mayor parte de la calma del hombre debía provenir de una piadosa incapacidad de recordar, pues todo cuanto dijo fue que había estado en el estudio con su patrón y había creído ver la habitación adyacente oscurecerse bruscamente... la estancia donde el resplandor del sol había reemplazado las tinieblas de las ventanas tapiadas durante más de un centenar de años. Aun este recuerdo, del cual ya medio dudaba, turbaba enormemente los trastornados nervios del paciente, y sólo mediante la mayor gentileza y circunspección el doctor Morehouse le comunicó la muerte de su patrón... víctima natural de un ataque de corazón que sus terribles lesiones de guerra debían haberle provocado. Esto afligió al hombre, ya que había sido un devoto del tullido autor; pero prometió mostrar entereza y enviar el cuerpo a su familia de Boston al finalizar las pesquisas formales del forense.

El médico, tras satisfacer tan imprecisamente como le fue posible la curiosidad del anfitrión y su esposa, y urdiéndolos a amparar al paciente y mantenerlo lejos de la casa Tanner hasta su partida con el cuerpo, condujo de nuevo hacia casa con un creciente temblor de excitación. Al fin era libre de leer el manuscrito mecanografiado por el muerto y obtener por fin una pista sobre qué infernal ser había desafiado aquellos destrozados sentidos de vista y sonido, penetrando tan desastrosamente la delicada inteligencia que rumiaba en la oscuridad y el silencio. Sabía que debía ser una lectura grotesca y terrible, y no se apresuró a comenzarla. De hecho, deliberadamente, guardó el coche en el garaje se embutió confortablemente en una bata y colocó un surtido de medicinas tónicas junto al gran sillón que pensaba ocupar. Aun tras esto, gastó obviamente tiempo en la lenta colocación de las hojas numeradas, evitando cuidadosamente cualquier ojeada al texto.

Sabemos lo que hizo el doctor Morehouse con el Manuscrito. Podría no haber sido leído por nadie más de no haberlo auxiliado su esposa mientras yacía inerte en su sillón una hora más tarde, respirando ruidosamente y sin responder a sacudidas lo bastante violentas como para revivir a la momia de un faraón. Terrible como es el docuinento, particularmente en el obvio cambio de estilo cerca del final, no podemos evitar creer que la sabiduría popular del médico le descubrió un sumo y supremo horror que nadie más hubiera tenido la desgracia de captar. Verdaderamente, es opinión generalizada en Fenham que la amplia familiaridad del doctor con las murmuraciones de los ancianos y los cuentos que su abuelo le contó en la Juventud le proveyeron de alguna especial información, a la luz de la que la espantosa crónica de Richard Blake adquirió un nuevo, claro y devastador significado casi insoportable para la mente humana normal. Esto pudo explicar la lentitud de su recuperación esa tarde de junio, la renuencia con la que permitió a su mujer e hijo leer el manuscrito, la singular desgana con la que accedió a su deseo de no quemar un documento tan oscuramente reseñable y, sobre todo, la peculiar rapidez con la que se apresuro a comprar la propiedad del viejo Tanner, demoliendo la casa con dinamita y talando los árboles del pantano hasta una considerable distancia del camino. Sobre todo este asunto, él mantiene hoy en día un inflexible mutismo y es sabido que se llevará a la tumba un conocimiento del que es mejor que el mundo prescinda.

El manuscrito, tal como aquí aparece, fue copiado gracias a la cortesía de Floyd Morchouse, esquire, hijo del médico. Unas pequeñas omisiones, sustituidas por asteriscos, han sido hechas en interés de la paz mental pública, y otras son fruto de la imprecisión del texto, donde el afectado y veloz tecleo del autor incurre en incoherencias o ambigüedad. En tres sitios, donde las lagunas han sido plenamente subsanadas mediante el contexto, se ha acometido la tarea de rellenarlas. Sobre el cambio de estilo cerca del final, es mejor no especular. Seguramente es bastante plausible atribuir el fenómeno, a la vista del contenido y del aspecto fisico del tecleo, a la alborotada y tambaleante mente de la víctima cuyos grandes impedimentos no le habían arrendado ante nada antes de ese momento. Las mentes audaces están en libertad de sacar sus propias conclusiones.

He aquí, pues, el documento, escrito en una casa maldita por un cerebro cerrado a la vista y sonido del mundo... un cerebro aislado y librado a la compasión y las burlas de poderes que los hombres dotados de vista y oído nunca han encarado. Contrapuesto como es respecto de cuanto conocemos del universo por físicos, químicos y biólogos, la mente lógica puede clasificarlo como un singular producto de demencia... una demencia contagiada al hombre que huyó a tiempo de la casa. Y así, en efecto, puede considerarse mientras el doctor Arlo Morehouse mantenga su silencio.

LOS AMADOS MUERTOS 1923 (Colaboración C. M. Eddy)

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud - terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí ! Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo. Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no ví nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoniaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad. Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino. Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre.Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la incicebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida. Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.

Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoniaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.

Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoniacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado... nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el malnutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar. Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados plieges...¡nada! Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoniaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoniaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la vetana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga. Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás. Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad...

las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución... el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma! Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoniaco acompañamiento... un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...

Sueños del Soñador de Providence