I love Lovecraft

Ha pasado poco tiempo desde que me encontré a Lovecraft en la red -tan solo siete años- desde entonces, gracias a Ernest empecé a leerlo y tiempo después -cuando ya no podía dejar de leer- empecé a recopilar sus relatos; tuve algunos problemas porque algunos de ellos están perdidos y otros simplemente no se encuentran con tanta facilidad en la red.

Algunos participantes del foro de Ciberanika me enviaron desde España libros de Lovecraft -Gracias por eso- y tiempo después empecé a buscar en el fondo de las tiendas y librerías de mi ciudad y encontré uno que otro, algunos con relatos repetidos y pastas maltratadas. Las mini Ferias del Libro también han ayudado mucho en mi búsqueda y los viajes que he tenido oportunidad de hacer.

Actualmente tengo un pequeño ''altar'' a Cthulhu, el personaje más reconocido y popular de Lovecraft, así como un tatuaje del mismo en mi tobillo.



A algunos les pareció exagerado, tonto y a otros simplemente no les gustó, pero Lovecraft me inspiró para mis historias y me invitó a un mundo maravilloso con paisajes inimaginables y seres fascinantes. Su redacción y su creatividad me maravillan desde que leí 'La Sombra Sobre Innsmouth' hace años, rescató una parte de mi personalidad que pendía de un hilo y que a punto estuve de perder.



Ahora quiero compartir los relatos con ustedes, sin ánimo de lucrar o ganar algo, solamente de guardar -porque mi pc puede fenecer en cualquier momento- y de invitarlos a entrar en Innsmouth o Dunwich, a soñar en la casa de la bruja o a llamar al gran Cthulhu que yace dormido en la profundidad del mar.

Bienvenidos.

Eyra Garibay Wong

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viernes, 11 de julio de 2008

LA DECLARACION DE RANDOLPH CARTER (THE STATEMENT OF RANDOLPH CARTER) 1919

Les repito, caballeros, que su encuesta es inútil. Enciérrenme para siempre, si quieren; ejecútenme, si necesitan una víctima para propiciar la ilusión que ustedes llaman justicia; pero yo no puedo decir más de lo que ya he dicho. Todo lo que puedo recordar se lo he contado a ustedes con absoluta sinceridad. No he ocultado ni desfigurado nada, y si algo continúa siendo vago, se debe únicamente a la oscura nube que ha invadido mi cerebro... A esa nube, y a la confusa naturaleza de los horrores que cayeron sobre mí.

Vuelvo a decir que ignoro lo que ha sido de Harley Warren, aunque creo – casi espero – que ha encontrado la paz y el olvido definitivos, si es que existen en alguna parte. Es cierto que durante cinco años he sido su amigo más íntimo, y que compartí parcialmente sus terribles investigaciones en lo desconocido. No niego, aunque mi memoria no es todo lo precisa que sería de desear, que ese testigo suyo puede habernos visto juntos como él dice en el camino de Gainsville, andando hacia Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Y no tengo inconveniente en añadir que llevábamos linternas eléctricas, azadas y un rollo de alambre con diversos instrumentos; ya que esos objetos representaron un papel en la única escena que ha quedado grabada de un modo indeleble en mi trastornada memoria. Pero de lo que siguió, y del motivo de que me encontraran solo y aturdido a orillas del pantano a la mañana siguiente, insisto en que sólo sé lo que les he contado una y otra vez. Dicen ustedes que no hay nada en el pantano o cerca de él que pudiera constituir el marco de aquel espantoso episodio. Repito que no sé nada, aparte de lo que vi. Pudo ser una alucinación o una pesadilla – y espero fervientemente que lo fueran –, pero eso es todo lo que recuerdo de lo ocurrido en aquellas terribles horas, después de que nos alejamos de la vista de los hombres. Y el motivo de que Harley Warren no haya regresado sólo pueden explicarlo él, o su espectro... o algo desconocido que no puedo describir.

Como he dicho antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartía. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos en idiomas que no entiendo. La mayoría, creo, son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espíritu del mal – el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo – que provocó los acontecimientos, estaba escrito en unos caracteres que nunca había visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenía aquel libro.

En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones..., ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea así, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartía más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me había dominado, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante la expresión de su rostro la noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba ininterrumpidamente de su teoría, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años. Pero ahora no le temo, ya que sospecho que ha conocido horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenia la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche. Desde luego, tenía mucho que ver con e1 libro que Warren llevaba – aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le había llegado de la India un mes antes –, pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cyprcss. Probablemente es cierto, aunque yo no lo recuerdo claramente. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semitransparentes. El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda y húmeda hondonada, cubierta de musgo y de maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasía asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes veíanse señales de descuido y decrepitud, y parecía acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadíamos un si1encio letal de siglos. Por encima del borde de la hondonada la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecían brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquísimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriante vegetación.

Mi primera impresión vívida de mi propia presencia en aquella terrible necrópolis se refiere al acto de detenerme con Warren ante una determinada tumba y de desprendernos de la carga que al parecer habíamos llevado. Observé entonces que yo había traído una linterna eléctrica y dos azadas, en tanto que mi compañero habia cargado con una linterna similar y una instalación telefónica portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que ambos parecíamos conocer el lugar y la tarea que nos estaba encomendada; y sin demora empuñamos las azadas y empezamos a limpiar de hierba y de maleza la arcaica sepultura. Después de dejar al descubierto toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para contem plar el fúnebre escenario; y Warren pareció efectuar unos cálculos mentales. Luego se acercó de nuevo al sepulcro y, utilizando su azada como una palanca, trató de levantar la losa más próxima a unas piedras ruinosas que en su día pudieron haber sido un monumento funerario. No lo consiguió, y me hizo una seña para que acudiera en su ayuda. Finalmente, nuestros esfuerzos combinados aflojaron la losa, la cual levantamos y apartamos a un lado.

Quedó al descubierto una negra abertura, por la que brotó un efluvio de gases miasmáticos tan nauseabundos que Warren y yo retrocedimos precipitadamente. Sin embargo, al cabo de unos instantes nos acercamos de nuevo a la fosa y encontramos las emanaciones menos insoportables. Nuestras linternas iluminaron un tramo de peldaños de piedra empapados en algún detestable licor de la entraña de la tierra, y bordeados de húmedas paredes con costras de salitre. Entonces, por primera vez que yo recuerde durante aquella noche, Warren me habló con su melíflua voz de tenor; una voz singularmente inalterada por nuestro pavoroso entorno.

– Lamento tener que pedirte que te quedes en la superficie – dijo –, pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara ahí. No puedes imaginar, ni siquiera por lo que has leído y por lo que yo te he contado, las cosas que tendré que ver y hacer. Es una tarea infernal, Carter, y dudo que cualquier hombre que no tenga una sensibilidad revestida de acero pudiera llevarla a cabo y regresar vivo y cuerdo. No quiero ofenderte y el cielo sabe lo mucho que me alegraría llevarte conmigo; pero la responsabilidad es mía, y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a una muerte o una locura probables. Te repito que no puedes imaginar siquiera de qué se trata... Pero te prometo mantenerte informado por teléfono de cada uno de mis movimientos. Como puedes ver, he traído alambre suficiente para llegar al centro de la tierra y regresar.

Todavía puedo oír, en mi recuerdo, aquellas palabras pronunciadas fríamente; y puedo recordar también mis protestas. Parecía desesperadamente ansioso por acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexible. En un momento determinado amenazó con abandonar la expedición si no me daba por vencido; una amenaza eficaz, dado que sólo él tenía la clave del asunto. Tras haber obtenido mi asentimiento, dado de muy mala gana, Warren cogió el rollo de alambre y justó los instrumentos. Finalmente, me entregó uno de los auriculares, estrechó mi mano, se cargó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.

Fui a sentarme sobre una vieja y descolorida lápida, cerca de la negra abertura que se había tragado a mi amigo. Durante un par de minutos pude ver el resplandor de su linterna y oir el crujido del alambre mientras lo desenrollaba detrás de él; pero el resplandor desapareció bruscamente, como tapado por una revuelta de la escalera, y el sonido se apagó con la misma rapidez. Yo estaba solo, pero unido a las desconocidas profundidades por aquel mágico alambre cuyo verde revestimiento aislante brillaba bajo los pálidos rayos de la luna menguante.

Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oí absolutamente nada. Luego percibí un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedía del imperturbable Harley Warren. El, que se había separado de mí con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:

– ¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo! -No pude contestar. Me había quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:

– ¡Carter, es terrible... monstruoso... increíble! -Esta vez la voz no me falló, y vertí en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetía sin cesar:

– Warren, ¿qué es? ¿Qué es? -De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:

– ¡No puedo decírtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decírtelo... ningún hombre podría saberlo y continuar viviendo... ¡Dios mío! ¡Nunca había soñado en nada semejante!

Silencio de nuevo, interrumpido solamente por mis ocasionales y ahora estremecidas preguntas. Luego, la voz de Warren con un trémulo de desesperada consternación:

– ¡Carter! ¡Por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate si puedes! ¡Aprisa! ¡Déjalo todo y márchate... es tu única oportunidad! ¡Haz lo que te digo y no me pidas explicaciones!

Le oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas, oscuridad y sombras; debajo de mí, alguna amenaza más allá del alcance de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba expuesto a un peligro mucho mayor que el mío, y a través de mi propio terror experimenté un vago resentimiento al pensar que me creía capaz de abandonarle en semejantes circunstancias. Se oyeron más chasquidos, y tras una breve pausa un lamentable grito de Warren:

– ¡Dale esquinazo! ¡Por el amor de Dios, coloca de nuevo la losa y dale esquinazo, Carter! La jerga infantil de mi compañero, reveladora de que se encontraba bajo la influencia de una profunda emoción, actuó sobre mí como un poderoso revulsivo. -Formé y grité una decisión:

- ¡Warren, resiste! ¡Voy a bajar! -Pero, ante aquel ofrecimiento, el tono de mi amigo se convirtió en un alarido de absoluta desesperación:

– ¡No! ¡No pueden comprenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa ha sido mía. Coloca de nuevo la losa y corre... es lo único que puedes hacer ahora por mí.

El tono cambió de nuevo, esta vez adquiriendo una mayor suavidad, como de resignación sin esperanza. Sin embargo, seguía siendo tenso debido a la ansiedad que Warren experi mentaba por mi suerte.

– ¡Date prisa! ¡Corre, antes de que sea demasiado tarde!

No traté de contradecirle; intenté sobreponerme a la extraña parálisis que se había apoderado de mí y cumplir mi promesa de acudir en su ayuda. Pero su siguiente susurro me sorprendió todavía inerte en las cadenas de un indescriptible horror.

– ¡Carter, apresúrate! Todo es inútil... tienes que huir... es mejor uno que dos... la losa... Una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:

– Todo va a terminar... no lo hagas más difícil... cubre esos malditos peldaños y ponte a salvo... no pierdas más tiempo... hasta nunca, Carter... no volveremos a vernos.

El susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito; un grito que paulatinamente se hinchó a su vez y se hizo un alarido que contenía todo el horror de los siglos...

– ¡Malditos sean los seres infernales! ¡Hay legiones de ellos! ¡Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡HUYE!

Después, silencio. Ignoro durante cuantos interminables eones permanecí sentado, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritándole a aquel teléfono. Una y otra vez a través de aquellos eones susurré, murmuré, llamé y grité:

– ¡Warren! ¡Warren! ¡Contesta! ¿Estás ahi?

Y entonces llegó hasta mí el horror culminante: el horror indecible, impensable, increíble. Ya he dicho que parecieron transcurrir eones después de que Warren lanzó su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos rompieron el pavoroso silencio. Pero al cabo de unos instantes se oyó un chasquido en el receptor y tensé el oido para escuchar. Grité de nuevo: «Warren, ¿estás ahí?», y en respuesta oí lo que envió la oscura nube sobre mi cerebro. No intentaré describir aquella voz, caballeros, puesto que las primeras palabras me arrancaron la consciencia y crearon un vacío mental que se extiende hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Qué podría decir? ¿Que la voz era hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural. inhumana, incorpórea? Aquello fue el final de mi experiencia, y es el final de mi historia. Lo oí, y no se nada más... La oí mientras permanecía petrificado en aquel cementerio desconocido en la hondonada, entre las lápidas carcomidas y las tumbas en ruinas, la exuberante vegetación y los vapores miasmáticos... La oí surgiendo de las abismáticas profundidades de aquel maldito sepulcro abierto, mientras contemplaba unas sombras amorfas y necrófagas danzando bajo una pálida luna menguante.

Y esto fue lo que dijo:

«¡Imbécil! ¡Warren está MUERTO!»

LA MALDICIÓN QUE CAYÓ SOBRE SARNATH (THE DOOM THAT CAME TO SARNITA) 1919

Existe en la tierra de Mnar un lago vasto de aguas tranquilas al que ningún río alimenta y del cual tampoco fluye río alguno. En sus orillas se alzaba, hace diez mil años, la poderosa ciudad de Sarnath, mas hoy ya no existe allí ciudad alguna.

Se dice que, en un tiempo inmemorial, cuando el mundo era joven y ni aun los hombres de Sarnath habían llegado a la tierra de Mnar, a la orilla de aquel lago se alzaba otra ciudad: la ciudad de Ib, construida en piedra gris, que era tan antigua como el propio lago y estaba habitada por seres que no resultaba agradable contemplar. Muy extraños y deformes eran tales seres, cual corresponde en verdad a seres pertenecientes a un mundo apenas esbozado, aún sólo toscamente empezado a modelar. En los cilindros de arcilla de Kadatheron está escrito que los habitantes de Ib eran, por su color, tan verdes como el lago y las nieblas que de él se elevan; que poseían abultados ojos y labios gruesos y blandos y extrañas orejas y que carecían de voz. También está escrito que procedían de la luna, de la que habían descendido una noche a bordo de una gran niebla, junto con el lago vasto de aguas tranquilas y la propia ciudad de Ib, construida en piedra gris. Cierto es, en todo caso, que adoraban un ídolo, tallado en piedra verdemar, que representaba a Bokrug, el gran saurio acuático, ante el cual celebraban danzas horribles cuando la luna gibosa mostraba su doble cuerno. Y escrito está en el papiro de Ilarnek que un día descubrieron el fuego y que desde aquel día encendieron hogueras para mayor esplendor de sus ceremoniales. Pero no hay mucho más escrito sobre estos seres, pues pertenecieron a épocas muy remotas y el hombre es joven y apenas conoce nada de quienes vivieron en los tiempos primigenios. Al cabo de muchos milenios, de eras incontables, llegaron los hombres a la tierra de Mnar. Eran pueblos pastores, de tez oscura, que llegaron con sus ganados y construyeron Thraa, Ilarnek y Kadatheron en las riberas del tortuoso río Ai. Y ciertas tribus, más osadas que las otras, llegaron hasta las orillas del lago y construyeron Sarnath en un lugar donde la tierra estaba preñada de metales preciosos.

No lejos de Ib, la ciudad gris, colocaron estas tribus nómadas las primeras piedras de Sarnath, y grande fue su asombro a la vista de los extraños habitantes de Ib. Mas a su asombro se mezclaba el odio, pues, a su juicio, no era deseable que seres de aspecto semejante convivieran, sobre todo al anochecer, con el mundo de los hombres. Tampoco les agradaron las extrañas figuras esculpidas en los grises monolitos de Ib, pues nadie podía explicar cómo habían pervivido tales esculturas hasta la aparición del hombre, a no ser porque la tierra de Mnar era como un remanso de paz y se hallaba muy a trasmano de las demás tierras, tanto de las tierras reales como del país de los sueños.

A medida que los hombres de Sarnath iban conociendo mejor a los seres de Ib, su odio iba en aumento, y a ello no dejó de contribuir el descubrimiento de que estos seres eran débiles, y blandos sus cuerpos al contacto con piedras o flechas. Así, pues, un día, los jóvenes guerreros, los honderos y los lanceros y los arqueros marcharon sobre Ib y mataron a todos sus habitantes, arrojando sus extraños cuerpos al lago con ayuda de largas lanzas, va que prefirieron no tocarlos. Y como tampoco les agradaban los grises monolitos esculpidos de Ib, también los arrojaron al lago, aunque no sin antes maravillarse del inmenso trabajo que habría debido costar el acarreo de las piedras con que estaban construidos, ya que éstas sin duda procedían de regiones remotas, pues en la tierra de Mnar y en países adyacentes no existía piedra alguna que se pareciese a ella.

Así, pues, nada quedó de la antiquísima ciudad de Ib, excepto el ídolo, tallado en piedra verdemar, que representaba a Bokrug, el saurio acuático, el cual fue llevado a Sarnath por los jóvenes guerreros, como símbolo de su victoria sobre los arcaicos dioses y habitantes de Ib y como señal también de hegemonía sobre toda le tierra de Mnar. Mas en la noche que siguió al día en que había sido instalado en el templo, algo terrible debió suceder, pues sobre el lago se vieron luces fantásticas y, por la mañana, notaron las gentes que el ídolo no estaba en el templo y que el sumo sacerdote Taran-Ish yacía muerto, como fulminado por un terror indecible, y, antes de morir, Taran-Ish había trazado con mano insegura, sobre el altar de crisolita, el signo de MALDICION.

Después de Taran-Ish se sucedieron en Sarnath muchos sumos sacerdotes, mas nunca volvió a encontrarse el ídolo de piedra. Y pasaron muchos siglos, en el curso de los cuales Sarnath se convirtió en una ciudad extraordinariamente próspera, hasta el punto de que, excepto los sacerdotes y las viejas, todos olvidaron el signo que Taran-Ish había trazado en el altar de crisolita. Entre Sarnath y la ciudad de Ilarnek se creó una ruta de caravanas, y los metales preciosos de la tierra fueron canjeados por otros metales y por exquisitas vestiduras y por joyas y por libros y por herramientas para los orfebres y por todos los lujosos artificios de los pueblos que habitaban en las riberas del tortuoso río Ai y aun más allá. Y así creció Sarnath, poderosa y sabia y bella, y envió ejércitos invasores que sojuzgaron las ciudades vecinas; y, por fin, en el trono de Sarnath se sentaron reyes que gobernaban toda la tierra de Mnar y muchos países adyacentes.

Maravilla del mundo y orgullo de la humanidad era Sarnath la magnífica. Sus murallas eran de mármol pulido de las canteras del desierto y su altura era de trescientos codos y su anchura de setenta y cinco, de tal modo que, por el camino de ronda, podían pasar dos carretas a la vez. Su longitud era de quinientos estadios y rodeaban la ciudad excepto por la parte del lago, donde había un dique de piedra gris contra el que se estrellaban las extrañas olas que se alzaban una vez al año, durante la ceremonia que conmemoraba la destrucción de Ib. Tenía Sarnath cincuenta calles, que iban del lago a las puertas de las caravanas, y otras cincuenta más que iban en dirección perpendicular a aquéllas. De ónice estaban pavimentadas todas, excepto las que eran vía de paso para caballos, camellos y elefantes, estando éstas empedradas con losas de granito. Y las puertas de Sarnath eran tantas como calles llegaban a sus murallas, y todas eran de bronce y estaban flanqueadas por estatuas de leones y elefantes esculpidos en una piedra que hoy desconocen ya los hombres. Las casas de Sarnath eran de ladrillo vidriado y de calcedonia y todas tenían un jardín amurallado y un estanque cristalino. Con extraño arte estaban construidas, pues ninguna otra ciudad tenía casas como las suyas; y los viajeros que llegaban de Thraa y de Ilarnek y de Kadatheron se maravillaban al contemplar las cúpulas resplandecientes que las coronaban.

Pero aún más maravillosos eran los palacios y los templos y los jardines construidos por Zokkar, rey de tiempos remotos. Había muchos palacios, el último de los cuales era más grande que cualquiera de los de Thraa, Ilarnek o Kadatheron. Tan altos eran sus techos que, a veces, los visitantes imaginaban hallarse bajo la bóveda del mismo cielo; sin embargo, cuando encendían sus lámparas alimentadas con aceites de Dother, las paredes mostraban vastas pinturas que representaban reyes y ejércitos de tal esplendor que quien las contemplaba sentía asombro y pavor a la vez. Muchos eran los pilares de los palacios, todos de mármol veteado y cubiertos de bajorrelieves de insuperable belleza. Y en la mayor parte de los palacios, los suelos eran mosaicos de berilio y lapislázuli y sardónice y carbunclo y otros materiales preciosos, dispuestos con tanto arte que el visitante a veces creía caminar sobre macizos de las flores más raras. Y había asimismo fuentes que arrojaban agua perfumada en surtidores instalados con sorprendente habilidad. Mas superior a todos los demás era el palacio de los Reyes de Mnar y países adyacentes. El trono descansaba sobre dos leones de oro macizo y estaba situado tan alto que, para llegar a él, era preciso subir una escalinata de muchos peldaños. Y el trono estaba tallado en una sola pieza de marfil y ya no vive hombre que sepa explicar de dónde procedía pieza de tal tamaño. En aquel palacio había también muchas galerías y muchos anfiteatros donde leones, hombres y elefantes combatían para solaz de los reyes. A veces, los anfiteatros eran inundados con aguas traídas del lago mediante poderosos acueductos y entonces se celebraban allí justas acuáticas o combates entre nadadores y mortíferas bestias del mar.

Altivos y asombrosos eran los diecisiete templos de Sarnath, construidos en forma de torre con piedras brillantes y policromas desconocidas en otras regiones. Mil codos de altura medía el mayor de todos, donde residía el sumo sacerdote, rodeado de un boato apenas superado por el del propio rey. En la planta baja había salas tan vastas y espléndidas como las de los palacios; en ellas se agolpaban las multitudes que venían a adorar a Zo-Kalar y a Tamash y a Lobon, dioses principales de Sarnath, cuyos altares, envueltos en nubes de incienso, eran como tronos de monarcas. Las imágenes de Zo-Kalar, de Tamash y de Lobon tampoco eran como las de otros dioses, pues tal era su apariencia de vida que cualquiera habría jurado que eran los propios dioses augustos, de rostros barbados, quienes se sentaban en los tronos de marfil. Y por interminables escaleras de circonio se llegaba a la más alta cámara de la torre más alta, desde la cual los sacerdotes contemplaban, de día, la ciudad y las llanuras y el lago que se extendía a sus pies y, de noche, la luna críptica y los planetas y estrellas, llenos de significado, y sus reflejos en el lago. Allí se celebraba un rito, arcaico y muy secreto, en execración de Bokrug, el saurio acuático, y allí se conservaba el altar de crisolita con el signo de Maldición trazado por Taran-Ish.

Maravillosos asimismo eran los jardines plantados por Zokkar, rey de tiempos remotos. Se hallaban situados en el centro de Sarnath, ocupando gran extensión de terreno, y estaban rodeados por una elevada muralla. Se hallaban protegidos por una inmensa cúpula de cristal, a través de la cual brillaban el sol, la luna y los planetas cuando el tiempo era claro, y de la cual pendían imágenes refulgentes del sol, de la luna, de las estrellas y de los planetas cuando el tiempo no era claro. En verano, los jardines eran refrigerados mediante una fresca brisa perfumada producida por grandes aspas ingeniosamente concebidas, y en invierno eran caldeados mediante fuegos ocultos, de tal modo que en aquellos jardines siempre era primavera. Entre prados verdes y macizos multicolores corrían numerosos riachuelos de lecho pedregoso y brillante, cruzados por muchos puentes. Muchas eran también las cascadas que interrumpían su plácido curso y muchos los estanques, rodeados de lirios, en que sus aguas se remansaban. Sobre la superficie de arroyos y remansos se deslizaban blancos cisnes, mientras pájaros raros cantaban en armonía con la música del agua. Sus verdes orillas se elevaban formando terrazas geométricas, adornadas aquí y allá con rotondas y emparrados florecidos, con bancos y sitiales de pórfido y mármol. Y también había profusión de templetes y santuarios donde reposar o donde rezar, mas sólo a los dioses menores.

Todos los años se celebraba en Sarnath una fiesta que conmemoraba la destrucción de Ib, durante la cual abundaban vino, canciones, danzas y juegos de todas clases. Rendíanse también honores a las sombras de los que habían aniquilado a los extraños seres primordiales, y el recuerdo de tales seres y de sus dioses arcaicos se convertía en objeto de mofa por parte de danzantes y vihuelistas coronados con rosas de los jardines de Zokkar. Y los reyes contemplaban las aguas del lago y maldecían los huesos de los muertos que yacían bajo su superficie. Grandiosa, más allá de todo cuanto pueda imaginarse, fue la fiesta con que se celebró el milenario de la destrucción de Ib. Más de un decenio llevaba hablándose de ella en la tierra de Mnar y, cuando se aproximó la fecha, llegaron a Sarnath, a tomos de caballos, camellos y elefantes, los hombres de Thraa, de Ilarnek, de Kadatheron y de todas las ciudades de Mnar y de los países que se extendían más allá de sus fronteras. Cuando llegó la noche señalada, ante las murallas de mármol se alzaban ricos pabellones de príncipes y sencillas tiendas de viajeros. En el salón de banquetes, Nargis-Hei, el monarca, se embriagaba, reclinado, con vinos antiguos procedentes del saqueo de las bodegas de Pnoth, y a su alrededor comían y bebían los nobles y afanábanse los esclavos. En aquel banquete se habían consumido manjares raros y delicados: pavos reales de las lejanas colinas de Implan, talones de camello del desierto de Bnaz, nueces y especias de Sydathria y perlas de Mtal disueltas en vinagre de Thraa. De salsas hubo número incontable, preparadas por los más sutiles cocineros de todo Mnar y gratas al paladar de los invitados más exigentes. Mas, de todas las viandas, eran las más preciadas los grandes peces del lago, de gran tamaño todos, que se servían en bandejas de oro incrustadas con rubíes y diamantes.

Mientras en el palacio, el rey y los nobles celebraban el banquete y contemplaban con impaciencia la vianda principal, que aún les aguardaba, aunque servida ya en las bandejas de oro, otros comían y festejaban en el exterior. En la torre del gran templo, los sacerdotes celebraban la fiesta con algazara y, en los pabellones plantados fuera del recinto amurallado de la ciudad, reían y cantaban los príncipes de las tierras vecinas. Y fue el sumo sacerdote Gnai-Kah el primero en observar las sombras que descendían al lago desde el doble cuerno de la luna gibosa y las infames nieblas verdes que a su encuentro se alzaban del lago, envolviendo en brumas siniestras torres y cúpulas de Sarnath, cuyo destino ya había sido señalado. Luego, los que se hallaban en las torres y fuera del recinto amurallado contemplaron extrañas luces en las aguas y vieron que Akurión, la gran roca gris que se alzaba en la orilla a gran altura sobre ellas, se hallaba ahora casi sumergida. Y el miedo cundió, rápido aunque vago, de tal modo que los príncipes de Ilarnek y de la lejana Rokol desmontaron y plegaron sus pabellones y partieron veloces, aunque apenas sin saber por qué.

Luego, próxima ya la medianoche, abriéronse de golpe todas las puertas de bronce de Sarnath y por ellas salió una multitud enloquecida que se extendió, como una ola negra, por la llanura, de tal modo que todos los visitantes, príncipes o viajeros, huyeron empavorecidos. Pues en los rostros de esta multitud se leía la locura nacida de un horror insoportable, y sus lenguas articulaban palabras tan atroces que ninguno de los que las escucharon se detuvo a comprobar sin eran verdad. Algunos hombres de mirada alucinada por el pánico gritaban a los cuatro vientos lo que habían visto a través de los ventanales del salón de banquetes del rey, donde, según decían, ya no se hallaban Nargis-Hei ni sus nobles ni sus esclavos, sino una horda de indescriptibles criaturas verdes, de ojos protuberantes, labios fláccidos y extrañas orejas y carentes de voz; y estos seres danzaban con horribles contorsiones, portando en sus zarpas bandejas de oro y pedrería de las que se elevaban llamas de un fuego desconocido. Y en su huida de la ciudad maldita de Sarnath a tomos de caballos, camellos y elefantes, los príncipes y los viajeros volvieron la mirada hacia atrás y vieron que el lago continuaba engendrando nieblas y que Akurión, la gran roca gris, estaba casi sumergida. A través de toda la tierra de Mnar y países adyacentes se extendieron los relatos de los que habían logrado huir de Sarnath y las caravanas nunca más volvieron a poner rumbo a la ciudad maldita ni codiciaron ya sus metales preciosos. Mucho tiempo transcurrió antes de que viajero alguno se encaminase a ella, y aún entonces sólo se atrevieron a ir los jóvenes valerosos y aventureros, de cabellos rubios y ojos azules, que ningún parentesco tenían con los pueblos de Mnar. Cierto que estos hombres llegaron al lago impulsados por el deseo de contemplar Sarnath, mas, aunque vieron el lago vasto de aguas tranquilas y la gran roca Akurión, que se elevaba en la orilla a gran altura sobre ellas, no les fue dado contemplar la maravilla del mundo y orgullo de la humanidad. Donde antaño se habían levantado murallas de trescientos codos y torres aún más altas ahora tan sólo se extendían riberas pantanosas y donde antaño habían vivido cincuenta millones de hombres ahora tan sólo se arrastraba el abominable reptil de agua. No quedaban ni aun las minas de metales preciosos. La MALDICION había caído sobre Sarnath.

Mas, simenterrado entre los juncos, percibieron un curioso ídolo de piedra verdemar, un ídolo antiquísimo que representaba a Bokrug, el gran saurio acuático. Este ídolo, transportado más adelante al gran templo de Ilarnek, fue adorado en toda la tierra de Mnar siempre que el doble cuerno de la luna gibosa se alzaba en el cielo.

LA NAVE BLANCA (THE WHITE SHIP) 1919

Soy Basil Elton, torrero del faro de North Point, que mi padre y mi abuelo cuidaron antes que yo. Lejos de la costa, la torre gris del faro se alza sobre unas rocas hundidas y cubiertas de limo que emergen al bajar la marea y se vuelven invisibles cuando sube. Por delante de ese faro, pasan desde hace un siglo las naves majestuosas de los siete mares. En los tiempos de mi abuelo, eran muchas; en los de mi padre, no tantas; hoy son tan pocas que a veces me siento extrañamente solo, como si fuese el último hombre de nuestro planeta.

De lejanas costas venían aquellas embarcaciones de blanco velamen, de lejanas costas de Oriente, donde brillan cálidos soles y perduran dulces fragancias en extraños jardines y alegres templos. Los viejos capitanes del mar visitaban a menudo a mi abuelo y le hablaban de estas cosas, que él contaba a su vez a mi padre, y mi padre a mí, en las largas noches de otoño, cuando el viento del este aullaba misterioso. Luego, leí más cosas de estas, y de otras muchas, en libros que me regalaron los hombres cuando aún era niño y me entusiasmaba lo prodigioso.

Pero más prodigioso que el saber de los viejos y de los libros es el saber secreto del océano. Azul, verde, gris, blanco o negro; tranquilo, agitado o montañoso, ese océano nunca está en silencio. Toda mi vida lo he observado y he escuchado, y lo conozco bien. Al principio, sólo me contaba sencillas historias de playas serenas y puertos minúsculos; pero con los años se volvió más amigo y habló de otras cosas; de cosas más extrañas, más lejanas en el espacio y en el tiempo. A veces, al atardecer, los grises vapores del horizonte se han abierto para concederme visiones fugaces de las rutas que hay más allá; otras, por la noche, las profundas aguas del mar se han vuelto claras y fosforescentes, y me han permitido vislumbrar las rutas que hay debajo. Y estas visiones eran tanto de las rutas que existieron o pudieron existir, como de las que existen aún; porque el océano es más antiguo que las montañas, y transporta los recuerdos y los sueños del Tiempo.

La Nave Blanca solía venir del sur, cuando había luna llena y se encontraba muy alta en el cielo. Venía del sur, y se deslizaba serena y silenciosa sobre el mar. Y ya estuvieran las aguas tranquilas o encrespadas, ya fuese el viento contrario o favorable, se deslizaba, serena y silenciosa, con su velamen distante y su larga, extraña fila de remos, de rítmico movimiento. Una noche divisé a un hombre en la cubierta, muy ataviado y con barba, que parecía hacerme señas para que embarcase con él, rumbo a costas desconocidas. Después, le ví muchas veces más, bajo la luna llena, haciéndome siempre las mismas señas.

La luna brillaba en todo su esplendor la noche en que respondí a su llamada, y recorrí el puente que los rayos de la luna trazaban sobre las aguas, hasta la Nave Blanca. El hombre que me había llamado pronunció unas palabras de bienvenida en una lengua suave que yo parecía conocer, y las horas se llenaron con las dulces canciones de los remeros mientras nos alejábamos en silencioso rumbo al sur misterioso que aquella luna llena y tierna doraba con su esplendor.

Y cuando amaneció el día, sonrosado y luminoso, contemplé el verde litoral de unas tierras lejanas, hermosa, radiantes, desconocidas para mí. Desde el mar se elevaban orgullosas terrazas de verdor, salpicadas de árboles, entre los que asomaban, aquí y allá, los centelleantes tejados y las blancas columnatas de unos templos extraños. Cuando nos acercábamos a la costa exuberante, el hombre barbado habló de esa tierra, la tierra de Zar, donde moran los sueños y pensamientos bellos que visitan a los hombres una vez y luego son olvidados. Y cuando me volví una vez más a contemplar las terrazas, comprobé que era cierto lo que decía, pues entre las visiones que tenía ante mí había muchas cosas que yo había vislumbrado entre las brumas que se extienden más allá del horizonte y en las profundidades fosforescentes del océano. Había también formas y fantasías más espléndidas que ninguna de cuantas yo había conocido; visiones de jóvenes poetas que murieron en la indigencia, antes de que el mundo supiese lo que ellos habían visto y soñado. Pero no pusimos el pie en los prados inclinados de Zar, pues se dice que aquel que se atreva a hollarlos quizá no regrese jamás a su costa natal.

Cuando la Nave Blanca se alejaba en silencio de Zar y de sus terrazas pobladas de templos, avistamos en el lejano horizonte las agujas de una importante ciudad; y me dijo el hombre barbado: "Aquélla es Thalarion, la Ciudad de las Mil Maravillas, donde moran todos aquellos misterios que el hombre ha intentado inútilmente desentrañar". Miré otra vez, desde más cerca, y vi que era la mayor ciudad de cuantas yo había conocido o soñado. Las agujas de sus templos se perdían en el cielo, de forma que nadie alcanzaba a ver sus extremos; y mucho más allá del horizonte se extendían las murallas grises y terribles, por encima de las cuales asomaban tan sólo algunos tejados misteriosos y siniestros, ornados con ricos frisos y atractivas esculturas. Sentí un deseo ferviente de entrar en esta ciudad fascinante y repelente a la vez, y supliqué al hombre barbado que me desembarcase en el muelle, junto a la enorme puerta esculpida de Akariel; pero se negó con afabilidad a satisfacer mi deseo, diciendo: "Muchos son los que han entrado a Thalarion, la ciudad de las Mil Maravillas; pero ninguno ha regresado. Por ella pululan tan sólo demonios y locas entidades que ya no son humanas, y sus calles están blancas con los huesos de los que han visto el espectro de Lathi, que reina sobre la ciudad". Así, la Nave Blanca reemprendió su viaje, dejando atrás las murallas de Thalarion; y durante muchos días, siguió a un pájaro que volaba hacia el sur, cuyo brillante plumaje rivalizaba con el cielo del que había surgido.

Después llegamos a una costa plácida y riente, donde abundaban las flores de todos los matices y en la que, hasta donde alcanzaba la vista, encantadoras arboledas y radiantes cenadores se caldeaban bajo un sol meridional. De unos emparrados que no llegábamos a ver brotaban canciones y fragmentos de lírica armonía salpicados de risas ligeras, tan deliciosas, que exhorté a los remeros a que se esforzasen aún más, en mis ansias por llegar a aquel lugar. El hombre barbado no dijo nada, pero me miró largamente, mientras nos acercábamos a la orilla bordeada de lirios. De repente, sopló un viento por encima de los prados floridos y los bosques frondosos, y trajo una fragancia que me hizo temblar. Pero aumentó el viento, y la atmósfera se llenó de hedor a muerte, a corrupción, a ciudades asoladas por la peste y a cementerios exhumados. Y mientras nos alejábamos desesperadamente de aquella costa maldita, el hombre barbado habló al fin, y dijo; "Ese es Xura, el País de los Placeres Inalcanzados". Así, una vez más, la Nave Blanca siguió al pájaro del cielo por mares venturosos y cálidos, impelida por brisas fragantes y acariciadoras. Navegamos día tras día y noche tras noche; y cuando surgió la luna llena, dulce como aquella noche lejana en que abandonamos mi tierra natal, escuchamos las suaves canciones de los remeros. Y al fin anclamos, a la luz de la luna, en el puerto de Sona-Nyl, que está protegido por los promontorios gemelos de cristal que emergen del mar y se unen formando un arco esplendoroso. Era el País de la Fantasía, y bajamos a la costa verdeante por un puente dorado que tendieron los rayos de la luna.

En el país de Sona-Nyl no existen el tiempo ni el espacio, el sufrimiento ni la muerte, allí habité durante muchos evos. Verdes son las arboledas y los pastos, vivas y fragantes las flores, azules y musicales los arroyos, claras y frescas las fuentes, majestuosos e imponentes los templos y castillos y ciudades de Sona-Nyl. No hay fronteras en esas tierras, pues más allá de cada hermosa perspectiva se alza otra más bella. Por los campos, por las espléndidas ciudades, andan las gentes felices y a su antojo, todas ellas dotadas de una gracia sin merma y de una dicha inmaculada. Durante los evos en que habité en esa tierra, vagué feliz por jardines donde asoman singulares pagodas entre gratos macizos de arbustos, y donde los blancos paseos están bordeados de flores delicadas. Subí a lo alto de onduladas colinas, desde cuyas cimas pude admirar encantadores y bellos panoramas, con pueblos apiñados y cobijados en el regazo de valles verdeantes y ciudades de doradas y gigantescas cúpulas brillando en el horizonte infinitamente lejano. Y bajo la luz de la luna contemplé el mar centelleante, los promontorios de cristal, y el puerto apacible en el que permanecía anclada la Nave Blanca.

Una noche del memorable año de Tharp, vi recortada contra la luna llena la silueta del pájaro celestial que me llamaba, y sentí las primeras agitaciones de inquietud. Entonces hablé con el hombre barbado, y le hablé de mis nuevas ansias de partir hacia la remota Cathuria, que no ha visto hombre alguno, aunque todos la creen más allá de las columnas basálticas de Occidente. Es el País de la Esperanza: en ella respladecen las ideas perfectas de cuanto conocemos; al menos así lo pregonan los hombres. Pero el hombre barbado me dijo: "Cuídate de esos mares peligrosos, donde los hombres dicen que se encuentra Cathuria. En Sona-Nyl no existe el dolor ni la muerte; pero, ¿quién sabe qué hay más allá de las columnas basálticas de Occidente?". Al siguiente plenilunio, no obstante, embarqué en la Nave Blanca, y abandoné con el renuente hombre barbado el puerto feliz, rumbo a mares inexplorados.

Y el pájaro celestial nos precedió con su vuelo, y nos llevó hacia las columnas basálticas de Occidente; pero esta vez los remeros no cantaron dulces canciones bajo la luna llena. En mi imaginación, me representaba a menudo el desconocido país de Cathuria con espléndidas florestas y palacios, y me preguntaba qué nuevas delicias me aguardarían. "Cathuria", me decía, "es la morada de los dioses y el país de innumerables ciudades de oro. Sus bosques son de aloe y de sándalo, igual que los de Camorin; y entre sus árboles trinan alegres y entonan sus cantos amables los pájaros; en las verdes y floridas montañas de Cathuria se elevan templos de mármol rosa, ricos en bellezas pintadas y esculpidas, con frescas fuentes argentinas en sus patios, donde gorgotean con música encantadora las fragantes aguas del río Narg, nacido en una gruta. Las ciudades de Cathuria tienen un cerco de murallas doradas, y sus pavimentos son de oro también. En los jardines de estas ciudades hay extrañas orquídeas y lagos perfumados cuyos lechos son de coral y de ámbar. Por la noche, las calles y los jardines se iluminan con alegres linternas, confeccionadas con las conchas tricolores de las tortugas, y resuenan las suaves notas del cantor y el tañedor de laúd. Y las casas de las ciudades de Cathuria son todas palacios, construidos junto a un fragante canal que lleva las aguas del sagrado Narg. De mármol y de pórfido son las casas; y sus techumbres, de centelleante oro, reflejan los rayos del sol y realzan el esplendor de las ciudades que los doises bienaventurados contemplan desde lejanos picos. Lo más maravilloso es el palacio del gran monarca Dorieb, de quien dicen algunos que es un semidiós y otros que es un dios. Alto es el palacio de Dorieb, y muchas son las torres de mármol que se alzan sobre las murallas. En sus grandes salones se reúnen multitudes, y es aquí donde cuelgan trofeos de todas las épocas. Su techumbre es de oro puro, y está sostenida por altos pilares de rubí y de azur donde hay esculpidas tales figuras de dioses y de héroes, que aquel que las mira a esas alturas cree estar contemplando el olimpo viviente.

Y el suelo del palacio es de cristal, y bajo él manan, ingeniosamente iluminadas, las aguas del Narg, alegres y con peces de vivos colores desconocidos más allá de los confines de la encantadora Cathuria".

Así hablaba conmigo mismo de Cathuria, pero el hombre barbado me aconsejaba siempre que regresara a las costas bienaventuradas de Sona-Nyl; pues Sona-Nyl es conocida de los hombres, mientras que en Cathuria jamás ha entrado nadie.

Y cuando hizo treinta y un días que seguíamos al pájaro, avistamos las columnas basálticas de Occidente. Una niebla las envolvía, de forma que nadie podía escrutar más allá, ni ver sus cumbres, por lo cual dicen algunos que llegan alos cielos. Y el hombre barbado me suplicó nuevamente que volviese, aunque no le escuché; porque, procedentes de las brumas más allá de las columnas de basalto, me pareció oír notas de cantones y tañedores de laúd, más dulces que las más dulces canciones de Sona-Nyl, y que cantaban mis propias alabanzas; las alabanzas de aquél que venía de la luna llena y moraba en el País de la Ilusión. Y la Nave Blanca siguió navegando hacia aquellos sones melodiosos, y se adentró en la bruma que reinaba entre las columnas basálticas de Occidente. Y cuando cesó la música y levantó la niebla, no vimos la tierra de Cathuria, sino un mar impetuoso, en medio del cual nuestra impotente embarcación se dirigía hacia alguna meta desconocida. Poco después nos llegó el tronar lejano de alguna cascada, y ante nuestros ojos apareció, en el horizonte, la titánica espuma de una catarata monstruosa, en la que los océanos del mundo se precipitaban hacia un abismo de nihilidad. Entonces, el hombre barbado me dijo con lágrimas en las mejillas: "Hemos despreciado el hermoso país de Sona-Nyl, que jamás volveremos a contemplar. Los dioses son más grandes que los hombres, y han vencido". Yo cerré los ojos ante la caída inminente, y dejé de ver al pájaro celestial que agitaba con burla sus alas azules sobrevolando el borde del torrente.

El choque nos precipitó en la negrura, y oí gritos de hombres y de seres que no eran hombres. Se levantaron los vientos impetuosos del Este, y el frío me traspasó, agachado sobre la losa húmeda que se había alzado bajo mis pies. Luego oí otro estallido, abrí los ojos y vi que estaba en la plataforma de la torre del faro, de donde había partido hacía tantos evos. Abajo, en la oscuridad, se distinguía la silueta borrosa y enorme de una nave destrozándose contra las rocas crueles; y al asomarme a la negrura, descubrí que el faro se había apagado por primera vez, desde que mi abuelo asumiera su cuidado.

Y cuando entré en la torre, en la última guardia de la noche, vi en la pared un calendario: aún estaba tal como yo lo había dejado, en el momento de partir. Por la mañana, bajé de la torre y busqué los restos del naufragio entre las rocas; pero sólo encontré un extraño pájaro muerto, cuyo plumaje era azul como el cielo, y un mástil destrozado, más blanco que el penacho de las olas y la nieve de los montes.

Después, el mar no ha vuelto a contarme sus secretos, y aunque la luna ha iluminado los cielos muchas veces desde entonces con todo su esplendor, la Nave Blanca del sur no ha vuelto jamás.

LA TRANSICIÓN DE JUAN ROMERO (THE TRANSITION OF JUAN ROMERO) 16 DE SEPTIEMBRE 1919

No tengo ningún deseo de hablar de los sucesos que ocurrieron en la mina Norton el 18 y el 19 de octubre de 1891. Un sentido del deber para con la ciencia es lo único que me impulsa a rememorar, en los últimos años de mi vida, escenas y hechos cargados de un terror doblemente agudo por la imposibilidad de definirlo. Sin em­bargo, antes de morir, creo que debo contar lo que sé sobre la, digamos, transición de Juan Romero.

No hace falta que diga a la posteridad ni mi nombre ni cuál es mi origen; en realidad, creo que es mejor que no aparezcan, porque cuando un hombre emigra de repente a los Estados o a las Colonias, deja tras él su pasado. Además, lo que yo fui una vez no tiene nada que ver en absoluto con lo que voy a contar; excepto, quizá, el hecho de que durante mi servicio en la India me sentía más a gusto con los maestros nativos de blanca barba que entre mis compañeros oficiales. Había ahondado no poco en la extraña sabiduría de Oriente, cuando se abatieron sobre mí las calamidades que me impulsaron a emprender una nueva vida en el inmenso Oeste de América..., vida en la que consideré oportuno adoptar otro nombre: el que llevo actualmente, que es muy corriente y carece de significado.

Durante el verano y el otoño de 1894 viví en las mo­nótonas regiones de los Montes Cactus, donde trabajé de simple peón en la mina Norton, cuyo descubrimiento por un viejo buscador de oro, unos años antes, había transformado la región circundante, casi un páramo desértico, en un caldero hirviente de vida sórdida. Una ca­verna de oro, situada bajo un lago de la montaña, había enriquecido a su venerable descubridor más allá de cuan­to habrían podido pintarle los sueños más disparatados: y ahora era escenario de vastas operaciones de perfora­ción por parte de la compañía a la que había sido ven­dida finalmente. Se habían descubierto nuevas grutas, y la producción de metal amarillo era sumamente abundan­te; así que un ejército heterogéneo y poderoso de mine­ros trabajaba afanosamente día y noche en las numerosas galerías y oquedades rocosas. El superintendente, un tal Mr. Arthur, hablaba a menudo de la singularidad de las formaciones geológicas locales, especulando sobre la pro­bable extensión de la cadena de cuevas, y evaluando el futuro de las titánicas empresas mineras. Consideraba las cavidades auríferas una consecuencia de la acción del agua, y creía que no tardarían en llegar a las últimas.

Juan Romero vino a la mina Norton poco después de ser contratado yo. Miembro de esa chusma inmensa de mexicanos desaliñados que llegaban atraídos del país ve­cino, al principio llamó la atención sólo por su semblan­te, el cual, aunque claramente de tipo piel roja, era, sin embargo, notable por su color claro y sus rasgos refina­dos, muy distintos de los «chicanos» corrientes o los piuta de la localidad. Es curioso que a pesar de diferen­ciarse tanto de la mayoría de los indios tribales y de los hispanizados, Romero no daba la más mínima impresión de tener sangre caucásica. No era al conquistador caste­llano ni al pionero americano, sino al antiguo y noble azteca a quien la imaginación veía en este reservado peón, cuando se levantaba de madrugada y contemplaba fasci­nado el sol en el momento de asomar por encima de los montes orientales, al tiempo que extendía los brazos hacia el orbe como ejecutando algún rito cuya naturaleza ni él mismo comprendía. Pero salvo su rostro, no había en Romero nada que sugiriese la nobleza. Sucio e ignorante, se sentía a gusto entre los demás mexicanos de piel os­cura, y procedía (según me contaron después) de los am­bientes más bajos. Le habían encontrado de niño en una choza rudimentaria de la montaña; único superviviente de una epidemia que se había propagado mortalmente. Cerca de la choza, no lejos de una fisura de una extraña roca, había dos esqueletos recién mondados por los buitres, posiblemente pertenecientes a sus padres. Nadie recordaba la identidad de esta pareja, y pronto fue olvidada por to­dos. Y el desmoronamiento de la choza de adobe, y el cierre de la fisura por una avalancha posterior, contribu­yeron a borrar incluso el recuerdo del escenario. Criado por un cuatrero mexicano que le dio su nombre, Juan se diferenciaba muy poco de todos sus compañeros.

El afecto que Romero me cobró tuvo indudablemente su origen en el raro y antiguo anillo hindú que yo solía llevar fuera de las horas de trabajo. Ignoro cuál era su naturaleza, y cómo había, llegado a mi poder. Era el últi­mo eslabón que me unía a un capítulo de mi vida cerrado para siempre, y lo tenía en gran aprecio. No tardé en ob­servar que al mexicano de extraño aspecto le tenía inte­resado también: lo miraba con una expresión que disipaba toda sospecha de mera codicia. Sus venerables jeroglíficos parecían agitar en él algún vago recuerdo de su mente ig­norante pero activa, aunque no había posibilidad de que lo hubiera contemplado anteriormente. A las pocas sema­nas de llegar, Romero se había convertido en una especie de criado fiel mío, pese a ser yo tan sólo un minero. Nuestra conversación era necesariamente limitada. El sa­bía muy pocas palabras de inglés, mientras que yo descubrí que mi español oxoniense era muy distinto de la jerga que empleaba el peón de Nueva España.

El suceso que voy a referir no fue precedido de largas premoniciones. Aunque el tal Romero había despertado mi interés, y aunque mi anillo le había impresionado de forma singular, creo que ninguno de nosotros se esperaba lo que iba a seguir cuando se produjo la gran explosión. Consideraciones de orden geológico habían aconsejado pro­longar la mina directamente hacia abajo, a partir de lo más profundo de la zona subterránea, y la convicción del superintendente de que íbamos a tropezar sólo con roca viva le decidió a colocar una prodigiosa carga de dinamita. Romero y yo no trabajábamos en esta galería, de modo que nos enteramos por otros de los extraordinarios detalles. La carga, más potente quizá de lo que se había estimado, había estremecido la montaña entera al parecer. Las ventanas de los barracones de la ladera saltaron en pedazos a causa de la sacudida, y los mineros de las gale­rías más próximas cayeron derribados. El lago Jewel, si­tuado encima del lugar de la explosión, se encrespó como agitado por una tempestad. La inspección practicada re­veló que se había abierto un nuevo abismo debajo del punto dinamitado; un abismo tan monstruoso que no se pudo medir con ninguna cuerda, ni iluminar con ninguna lámpara. Desconcertados, los excavadores fueron a con­sultar con el superintendente, quien ordenó que llevasen a dicho pozo las cuerdas más largas, las empalmaran y fueran soltándolas poco a poco por la boca del pozo, hasta el fondo.

Poco después, los obreros, con la cara pálida, informa­ban al capataz de su fracaso. Firme aunque respetuosa­mente, manifestaron su decisión de no volver a visitar ese abismo, ni seguir trabajando en la mina hasta que vol­viera a cerrarse. Evidentemente, se enfrentaban a algo que escapaba a sus experiencias, ya que por lo que habían po­dido comprobar, el vacío se prolongaba indefinidamente. El superintendente no les hizo ningún reproche. Al con­trario, reflexionó profundamente, e hizo planes para el día siguiente. Esa noche no entró ningún relevo.

A las dos de la madrugada, un coyote solitario de la montaña empezó a aullar de forma lastimera. De alguna parte del interior de la obra, un perro contestó con sus ladridos al coyote o a lo que fuera. Se estaba formando una tormenta alrededor de los picos de la cordillera, y unas nubes de siluetas espectrales avanzaban horribles por el confuso retazo de luz celeste que delataba el esfuerzo de la luna gibosa por asomar a través de las múltiples capas de cirrostratos. Me despertó la voz de Romero, pro­cedente de la litera de arriba; voz que le salió excitada y tensa, con una vaga expectación que no lograba entender:

—¡Madre de Dios!... El sonido... ese sonido... ¡Oiga usted!... ¿Lo oye usted? ¡Señor, ESE SONIDO!

Presté atención, preguntándome a que sonido podía referirse. El coyote, el perro, la tormenta, todo era audi­ble; esta última iba adquiriendo violencia, mientras el viento aullaba con - más furia cada vez. Desde la ventana del barracón se veían fucilazos de relámpagos. Le pregun­té al nervioso mexicano, enumerando los sonidos que yo oía:

—¿El coyote?..., ¿el perro?..., ¿el viento?

Pero Romero no contestó. Luego comenzó a murmu­rar, como asustado:

—¡El ritmo, señor..., el ritmo de la tierra... ESE LA­TIDO DEL INTERIOR DE LA TIERRA!

Y entonces lo oí yo también; lo oí, y me estremecí sin saber por qué Hondo, muy hondo, por debajo de mí, sonaba un latido..., un ritmo, exactamente como había dicho el peón; el cual, aunque extraordinariamente dé­bil, dominaba los ruidos del perro, el coyote y la crecien­te tempestad. Es inútil tratar de describirlo, porque no es posible. Quizá se parecía al pulso de las máquinas de un gran transatlántico, tal como se sienten desde la cubierta; aunque no era tan mecánico, tan desprovisto de vida y de conciencia. De todas las características, era su profundidad en la tierra lo que más me impresionaba. Me acudieron a la memoria fragmentos del pasaje de Jo­sep Galvin, que Poe cita con tremendo efecto :

<<…La inmensidad, profundidad e inescrutabilidad de sus obras, que tienen una hondura más grande que el pozo de Demócrito.»

De repente, Romero saltó de su litera, se plantó de­lante de mí para observar el extraño anillo que yo tenía en la mano, y que centelleaba extrañamente a cada relám­pago; luego se quedó mirando intensamente en dirección al pozo de la mina. Yo me levanté también, y nos queda­mos los dos inmóviles durante un momento, forzando el oído para captar el misterioso ritmo que, cada vez más, parecía adoptar una calidad vital. Luego, sin quererlo aparentemente, echamos a andar hacia la puerta, cuyo gol­peteo a causa del ventarrón poseía una confortable suge­rencia de realidad terrena. El cántico de las profundida­des — porque eso era lo que me parecía aquel sonido— creció de volumen y claridad; y nos sentimos irresisti­blemente impulsados a salir a la tormenta, y de allí, a la negrura del pozo abierto.

No nos topamos con ninguna criatura viviente, ya que los hombres del turno de noche habían sido relevados de sus obligaciones, y sin duda estarían en el poblado de Dry Gulch vertiendo siniestros rumores en el oído de al­gún camarero soñoliento. En la caseta del vigilante, sin embargo, se veía un pequeño rectángulo de luz amarilla como un ojo guardián. Me pregunté vagamente qué im­presión habría producido el sonido rítmico de este hom­bre; pero Romero caminaba más de prisa ahora, y le seguí sin detenerme.

Al descender al pozo, el sonido de las regiones infe­riores se volvió infinitamente complejo. Me resultaba ho­rriblemente parecido a una especie de ceremonia oriental, con batir de tambores y cánticos de numerosas voces. Como sabéis, he estado mucho tiempo en la India. Ro­mero, y yo marchábamos prácticamente sin vacilar, reco­rriendo galerías y bajando escaleras, siempre en dirección a aquello que nos atraía, aunque con un temor y una renuencia. irreprimibles. Hubo un momento en que creí vol­verme loco: fue cuando, al preguntarme cómo era que encontrábamos iluminado nuestro camino siendo así que no había lámparas ni velas, me di cuenta de que el anti­guo anillo de mi dedo brillaba con un resplandor mis­terioso, y difundía una luz pálida en el ambiente húmedo y pesado de nuestro alrededor.

De repente, Romero, después de bajar por una de las numerosas y anchas escalas de mano, echó a correr y me dejó solo. Una nota nueva y salvaje de aquellos cánticos y batir de tambores, apenas perceptible, le había hecho reaccionar de esta forma; y con un grito salvaje se aden­tró a ciegas en la oscuridad de la caverna. Oí sus gritos repetidos mientras tropezaba torpemente en los sitios lla­nos y bajaba como un loco por las escalas desvencijadas. Sin embargo, pese a lo que me asustó, conservé el sentido suficiente como para percibir que las voces que profería, aunque articuladas, eran absolutamente desconocidas para mí. Unos vocablos polisílabos ásperos, aunque impresio­nantes, habían reemplazado a su habitual mezcla de mal español y peor inglés; y de éstos, sólo el grito frecuente­mente repetido de Huizilopotchli me resultaba vagamente familiar; Poco después recordé haber leído ese nombre en las obras de un gran historiador... y me estremecí cuando dicha asociación me llegó a la conciencia.

El clímax de esa noche espantosa, aunque consecuen­cia de una combinación de factores; fue bastante breve, y empezó en el instante en que llegué a la última caver­na. De la oscuridad inmediatamente delante de mí brotó un alarido final del mexicano, al que se unió un coro de ásperos sonidos como no habría podido volver a oír, y seguir viviendo después. En aquel momento pareció como si todos los ocultos terrores y monstruosidades de la tie­rra se hubiesen vuelto articulados en un esfuerzo por ani­quilar al género humano; Simultáneamente, se extinguió la luz de mi anillo, y vi surgir tenuemente un vago res­plandor de las regiones inferiores a unas yardas de donde estaba yo. Había llegado al abismo — ahora inundado de un resplandor rojo— - que se había tragado al infortunado Romero. Me acerqué y me asomé al borde de aquel abis­mo que ninguna cuerda había conseguido sondar y que ahora eta un pandemónium de llamas parpadeantes y ru­gidos espantosos. Al principio no vi más que una lumi­nosidad borrosa e hirviente; pero luego empezaron a destacarse de la confusión unas formas infinitamente distan­tes, y vi a... ¿era Juan Romero?

Pero, ¡Dios mío, no me atrevo a contarles lo que vi! Un poder del cielo, acu­diendo en mi ayuda, me borró visiones y sonidos en una especie de estallido como el que podría producirse al cho­car dos universos en el espacio. Me sobrevino un caos, y conocí la paz del olvido.

No sé cómo continuar, dadas las circunstancias tan sin­gulares que rodeaban al suceso; pero seguiré lo mejor que pueda, sin intentar distinguir lo real de lo aparente. Cuan­do desperté, estaba a salvo en mi litera, y el rojo resplan­dor del amanecer entraba por la ventana. El cuerpo sin vida de Juan Romero estaba tendido sobre una mesa, a cierta distancia, rodeado por un grupo de hombres, entre ellos el médico del campamento. Comentaban la extraña muerte del mexicano mientras dormía: una muerte al pa­recer relacionada de alguna forma con el terrible rayo que había estremecido la montaña. No encontraron una causa directa, y la autopsia no reveló ninguna razón por la que Romero no debiera estar vivo. Ciertos retazos de conversación me hicieron comprender, sin la menor som­bra de duda, que ni Romero ni yo habíamos salido del barracón por la noche, ni nos habíamos despertado du­rante la espantosa tormenta que había pasado por los montes Cactus. Tormenta que, según contaban los hom­bres que se habían atrevido a descender al pozo de la mina, había provocado un derrumbamiento considerable, y había cegado totalmente el profundo abismo que tantos temores había despertado la víspera... Al preguntarle al vigilante qué había oído antes de producirse el enorme trueno, mencionó a un coyote, un perro y el gemido del viento..., nada más. Y yo no dudo de su palabra.

Al reanudar el trabajo, el superintendente Arthur pi­dió a unos cuantos hombres especialmente dignos de con­fianza que efectuasen una inspección por el lugar donde había aparecido el abismo. Aunque de mala gana, obede­cieron, y practicaron una profunda perforación. El resul­tado fue muy curioso. El techo del vacío, tal como lo habían visto cuando estaba abierto, no era grueso ni mu­cho menos; sin embargo, los barrenos de los Investigadores encontraron lo que parecía ser un ilimitado espesor de roca sólida. No encontrando nada más, ni siquiera oro, el superintendente ordenó que lo dejaran; pero a veces, sentado ante su mesa, se queda meditando, y su sem­blante adopta una expresión de perplejidad.

Hay otro detalle curioso. Poco después de despertar aquella mañana, pasada la tormenta, noté la ausencia inexplicable del anillo hindú en mi dedo. Lo apreciaba muchísimo; sin embargo, experimenté una sensación de alivio ante su desaparición. Si uno de mis compañeros mineros se había apropiado de él, debió de estar muy vivo para deshacerse del botín; porque a pesar de los avisos y del registro que efectuó un policía, el anillo no apa­reció. Pero dudo que fuera robado por manos mortales; en la India me enseñaron muchas cosas extrañas.

Mi opinión en torno a toda esta experiencia varía se­gún el momento. De día, y en casi todas las épocas del año, me siento inclinado a pensar que casi todo fue un sueño; pero a veces, durante el otoño, y hacia las dos de la madrugada, cuando los vientos y los animales aúllan lastimeramente, emerge de inconcebibles profundidades una detestable sugerencia de latidos rítmicos... y siento la convicción de que la transición de Juan Romero fue efectivamente terrible.

MEMORIA (MEMORY) NOSTALGIA 1919

Cada año, al resplandor melancólico del otoño, Los pájaros remontan el vuelo sobre un océano desierto, Trinando y gorjeando con prisa jubilosa Por llegar a una tierra que su memoria profunda conoce. Grandes jardines colgantes donde se abren flores De vivos colores, hileras de mangos de gusto delicioso Y arboledas que forman templos con ramas entrelazadas Sobre frescos senderos...todo esto les muestran sus vagos sueños.

Buscan en el mar vestigios de su antigua costa, Y la alta ciudad blanca, erizada de torres... Pero sólo las aguas vacías se extienden ante ellos, Así que al fin dan media vuelta una vez más. Y mientras tanto, hundidas en un abismo infestado de extraños pólipos, Las viejas torres añoran su canto perdido y recordado.

Sueños del Soñador de Providence