I love Lovecraft

Ha pasado poco tiempo desde que me encontré a Lovecraft en la red -tan solo siete años- desde entonces, gracias a Ernest empecé a leerlo y tiempo después -cuando ya no podía dejar de leer- empecé a recopilar sus relatos; tuve algunos problemas porque algunos de ellos están perdidos y otros simplemente no se encuentran con tanta facilidad en la red.

Algunos participantes del foro de Ciberanika me enviaron desde España libros de Lovecraft -Gracias por eso- y tiempo después empecé a buscar en el fondo de las tiendas y librerías de mi ciudad y encontré uno que otro, algunos con relatos repetidos y pastas maltratadas. Las mini Ferias del Libro también han ayudado mucho en mi búsqueda y los viajes que he tenido oportunidad de hacer.

Actualmente tengo un pequeño ''altar'' a Cthulhu, el personaje más reconocido y popular de Lovecraft, así como un tatuaje del mismo en mi tobillo.



A algunos les pareció exagerado, tonto y a otros simplemente no les gustó, pero Lovecraft me inspiró para mis historias y me invitó a un mundo maravilloso con paisajes inimaginables y seres fascinantes. Su redacción y su creatividad me maravillan desde que leí 'La Sombra Sobre Innsmouth' hace años, rescató una parte de mi personalidad que pendía de un hilo y que a punto estuve de perder.



Ahora quiero compartir los relatos con ustedes, sin ánimo de lucrar o ganar algo, solamente de guardar -porque mi pc puede fenecer en cualquier momento- y de invitarlos a entrar en Innsmouth o Dunwich, a soñar en la casa de la bruja o a llamar al gran Cthulhu que yace dormido en la profundidad del mar.

Bienvenidos.

Eyra Garibay Wong

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viernes, 11 de julio de 2008

AZATHOTH JUNIO 1922 (Poemas de Horror Cósmico)

El demonio me llevó por el vacío sin sentido

Más allá de los brillantes enjambres del espacio dimensional, Hasta que no se extendió ante mí ni tiempo ni materia Sino sólo el Caos, sin forma ni lugar. Allí el inmenso Señor de Todo murmuraba en la oscuridad Cosas que había soñado pero que no podía entender, Mientras a su lado murciélagos informes se agitaban y revoloteaban En vórtices idiotas atravesados por haces de luz.

Bailaban locamente al tenue compás gimiente

De una flauta cascada que sostenía una zarpa monstruosa, De donde brotaban las ondas sin objeto que al mezclarse al azar Dictan a cada frágil cosmos su ley eterna.

“Yo soy Su mensajero”, dijo el demonio,

Mientras golpeaba con desprecio la cabeza de su Amo.

Cuando el mundo se sumió en la vejez, y la maravilla rehuyó la muerte de los hombres; cuando ciudades grises elevaron hacia cielos velados por el humo torres altas, temibles y feas, a cuya sombra nadie podía soñar el sol ni las praderas floridas de la primavera; cuando el conocimiento despojó a la tierra de su manto de belleza, y los poetas no cantaron sino a distorsionados fantasmas, vistos a través de ojos cansados e introspectivos; cuando tales cosas tuvieron lugar y los anhelos infantiles se hubieron esfumado para siempre, hubo un hombre que empleó su vida, en la búsqueda de los espacios hacia los que habían huido los sueños del mundo.

Poco hay consignado sobre el nombre y procedencia de este hombre, ya que eso correspondía exclusivamente al mundo despierto, aunque se dice que ambos eran oscuros. Baste saber que vivía en una ciudad de altos muros donde reinaba un estéril crepúsculo; y que se afanaba todo el día entre sombras y alborotos, volviendo a casa por la tarde, a una habitación cuya ventana no daba a campos y arboledas, sino a un penumbroso patio hacia el que muchas otras ventanas se abrían en lúgubre desesperación. Desde ese alféizar no se divisaba sino muros y ventanas, a no ser que uno se inclinara mucho para escudriñar hacia lo alto, hacia las pequeñas estrellas que pasaban. Y dado que los muros desnudos y las ventanas conducen pronto a la locura al hombre que sueña y lee demasiado, el inquilino de este cuarto solía asomarse noche tras noche, escrutando a lo alto para vislumbrar alguna fracción de cosas que estaban más allá del mundo despierto y de la grisura de la elevada ciudad. Con el paso de los años, fue conociendo a las estrellas de curso lento por su nombre, y a seguirlas con la fantasía cuando, con pesar, se deslizaban fuera de su vista; hasta que al fin su mirada se abrió a la multitud de paisajes secretos cuya existencia no llega a sospechar el ojo mundano. Y una noche salvó un tremendo abismo, y los cielos repletos de sueños se abalanzaron hacia la ventana del solitario observador para mezclarse con el aire viciado de su alcoba y hacerle partícipe de sus fabulosa maravilla.

A ese cuarto llegaron extrañas corrientes de violeta medianoche resplandeciendo con polvo de oro; torbellinos de oro y fuego aremolinándose desde los más lejanos espacios, cuajados con perfumes de más allá de los mundos. Océanos opiáceos se derramaron allí, alumbrados por soles que los ojos jamás han contemplado, albergando entre sus remolinos extraños delfines y ninfas marinas, de profundidades olvidadas. La infinitud silenciosa giraba en torno al soñador, arrebatándole sin tocar siquiera el cuerpo que se asomaba con rigidez a la solitaria ventana; y durante días no consignados por los calendarios del hombre, las mareas de las lejanas esferas lo transportaron gentiles a reunirse con los sueños por los que tanto había porfiado, los sueños que el hombre había perdido. Y en el transcurso de multitud de ciclos, tiernamente, lo dejaron durmiendo sobre una verde playa al amanecer; una ribera de verdor, fragante por los capullos de lotos y sembrado de rojas calamitas...

CONTINUIDAD, Poemas Metafísicos, Hongos de Yuggoth, 1920

Hay en algunas cosas antiguas una huella De una esencia vaga... más que un peso o una forma, Un éter sutil, indeterminado, Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio. Un signo tenue y velado de continuidades Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;

De dimensiones encerradas que albergan los años idos, Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.

Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina, Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos. Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos De la masa inmutable cuyos lados son las edades.

PAISAJE DE FONDO, Poemas Metafísicos, Hongos de Yuggoth,

Nunca he podido apegarme a las cosas nuevas y crudas, Pues vi la primera luz en una ciudad antigua, Donde los tejados apiñados descendían desde mi ventana Hacia un puerto pintoresco, rico en visiones. Calles con puertas cinceladas donde los rayos del sol poniente Bañaban viejos montantes de abanico y pequeñas vidrieras, Y campanarios georgianos rematados con veletas doradas... Tales fueron las vistas que modelaron mis sueños infantiles.

Estos tesoros, heredados de épocas de prudente fermento, Desdibujan la presencia de las débiles quimeras Que se agitan en vana mudanza y con fe confusa Entre los muros inmutables de la tierra y el cielo. Cortan las cadenas del instante y me dejan libre Para erguirme en solitario ante la eternidad.

Expectación, Poemas Metafísicos, Hongos de Yuggoth, 1920

No sabría decir por qué algunas cosas me producen Una sensación de maravillas inexploradas por venir, O de grieta en el muro del horizonte Que se abre a mundos donde sólo los dioses pueden vivir.

Es una expectación vaga, sin aliento,

Como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias, O de aventuras salvajes, incorpóreas, Plenas de éxtasis y libres como un ensueño.

La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas, En viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas, En los vientos del Sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas, En viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna. Pero aunque sólo por su encanto vale la pena vivir la vida Nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.

NÉMESIS, Poemas Oníricos, Hongos de Yuggoth, 1920

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules, Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna, He vivido mis vidas sin número, He sondeado todas las cosas con mi mirada;

Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento Arrastado con horror a la locura.

He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos, Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa;

He visto bostezar al oscuro universo, Donde los negros planetas giran sin objeto, Donde los negros planetas giran en un sordo horror, Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre.

He vagado a la deriva sobre océanos sin límite,

Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises

Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags,

Que resuenan con histéricos alaridos,

Con gemidos de demonios invisibles

Que surgen de las aguas verdosas.

Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda De la inmemorial espesura originaria, Donde los robles sienten la presencia que avanza Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse, Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente Entre las ramas que se extienden en lo alto.

He deambulado por montañas horadadas de cavernas Que surgen estériles y desoladas en la llanura, He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas;

Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas Que me guardaré de no volver a ver.

He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra, He hollado sus estancias deshabitadas, Donde la luna se eleva por encima de los valles E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros;

Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente Que no soporto recordar.

Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales Las macilentas praderas del entorno, El pueblo de múltiples tejados abatido Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros;

Y desde la hilera de las blancas urnas de mármol persigo Ansiosamente la erupción de un sonido.

He frecuentado las tumbas de los siglos, En brazos del miedo he sido transportado Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo;

Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías, Y en reinos donde el sol del desierto consume Aquello que jamás volverá a animarse.

Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo;

Yo era viejo en aquellas épocas incalculables, Cuando yo, sólo yo, era astuto;

Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba En la gloria de la lejana isla del Ártico.

Oh, grande fue el pecado de mi espíritu, Y grande es la duración de su condena;

La piedad del cielo no puede reconfortarle, Ni encontrar reposo en la tumba:

Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas De las despiadadas tinieblas.

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules, Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna, He vivido mis vidas sin número, He sondeado todas las cosas con mi mirada;

Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento Arrastado con horror a la locura.

EL CANAL, Poemas Oníricos, Hongos de Yuggoth, 1920

En algún lugar del sueño hay un paraje maldito

Donde altos edificios deshabitados se apiñan a lo largo

De un canal estrecho, sombrío y profundo, que apesta

A cosas horrendas arrastradas por corrientes grasientas.

Callejones con viejos muros que se tocan casi en lo alto Desembocan en calles que uno puede conocer o no, Y un pálido claro de luna arroja un brillo espectral Sobre largas hileras de ventanas, oscuras y muertas.

No se oyen ruidos de pasos, y ese sonido suave Es el del agua grasienta deslizándose Bajo puentes de piedra y por las orillas De su cauce profundo, hacia algún vago océano. Ningún ser vivo podría decir cuándo arrastró esa corriente Del mundo de arcilla su región perdida en el sueño.

HESPERIA, HONGOS DE YUGGOTH, Poemas ONÍRICOS,

La puesta de sol invernal, refulgiendo tras las agujas Y las chimeneas medio desprendidas de esta esfera sombría, Abre grandes puertas a algún año olvidado De antiguos esplendores y deseos divinos. Futuras maravillas arden en aquellos fuegos Cargados de aventura y sin sombra de temor;

Una hilera de esfinges indica el camino

Entre trémulos muros y torreones hacia liras lejanas.

Es la tierra donde florece el sentido de la belleza, Donde todo recuerdo inexplicado tiene su fuente, Donde el gran río del Tiempo inicia su curso descendiendo Por el vasto vacío en sueños de horas iluminadas por las estrellas. Los sueños nos acercan... pero un saber antiguo Repite que el pie humano no ha hollado jamás estas calles.

MADRE TIERRA, 1920

Una noche, paseando, descendí por el talud De un valle profundo, húmedo y silencioso, Cuyo aire estancado exhalaba un tufo de podredumbre Y una frialdad que me hacían sentir enfermo y débil.

Los árboles numerosos a cada lado

Se cernían como una banda espectral de trasgos, Y las ramas contra el cielo menguante Tomaban formas que me daban miedo, sin saber por qué.

Seguí avanzando, y parecía buscar

Alguna cosa perdida como la alegría o la esperanza, Pero pese a todos mis esfuerzos no pude encontrar Más que los fantasmas de la desesperación.

Los taludes se estrechaban cada vez más,

Hasta que pronto, privado de la luna y las estrellas, Me vi comprimido en una grieta rocosa Tan vieja y profunda que la piedra Respiraba cosas primitivas y desconocidas. Mis manos, explorando, intentaban rastrear Los rasgos del rostro de aquel valle, Hasta que en el musgo parecieron encontrar Un perfil espantoso para mi mente.

Ninguna forma que forzando los ojos Hubiera podido ver, habría reconocido;

Pues lo que tocaba hablaba de un tiempo Demasiado remoto para el paso fugaz del hombre. Los líquenes colgantes, húmedos y canosos, Me impedían leer la antigua historia;

Pero un agua oculta, goteando tenuemente, Me susurraba cosas que no habría debido saber.

“Mortal, efímero y osado,

En gracia guarda para ti lo que cuento, Pero piensa a veces en lo que ha sido, Y en las escenas que han visto estas rocas desmoronadas;

En conciencias ya viejas antes de que tu débil progenie Apareciese en una magnitud menor, Y en seres vivientes que todavía alientan Aunque no parezcan vivos a los humanos. Yo soy la voz de la madre tierra, De la que nacen todos los horrores.”

OCEANUS, 1920

A veces me detengo en la orilla

Donde las penas vierten sus flujos,

Y las aguas turbulentas suspiran y se quejan De secretos que no se atreven a contar. Desde las simas profundas de valles sin nombres, Y desde colinas y llanuras que ningún mortal conoce, La mística marejada y el hosco oleaje Sugieren como taumaturgos malditos Un millar de horrores, henchidos por el temor Que ya contemplaron épocas hace tiempo olvidadas. ¡Oh vientos salados que tristemente barréis Las desnudas regiones abisales;

Oh pálidas olas salvajes, que recordáis El caos que la Tierra ha dejado tras de sí;

Una sola cosa os pido:

Guardad por siempre oculto vuestro antiguo saber!

Sirenas Portuarias, 1920,

Por encima de viejos tejados y agujas desconchadas

Las sirenas del puerto cantan durante toda la noche;

Gargantas venidas de puertos extraños, de blancas playas lejanas Y océanos fabulosos, concertadas en coros abigarrados.

Ajenas unas a otras, no se conocen entre sí,

Pero todas, por obra de alguna fuerza oscuramente concentrada Desde abismos ensimismados más allá del curso del Zodiaco, Se funden en un misterioso zumbido cósmico.

A través de vagos sueños organizan un desfile De formas aún más vagas, insinuaciones y visiones;

Ecos de vacíos exteriores e indicios sutiles De cosas que ni ellas mismas pueden definir.

Y siempre en ese coro, tenuamente entreveradas,

Captamos algunas notas que ningún buque terrenal emitió jamás.

VIENTOS ESTELARES 1920

Es la hora de la penumbra crepuscular,

Casi siempre en otoño, cuando el viento estelar se precipita Por las calles altas de la colina, que aunque desiertas Muestran ya luces tempranas en cómodas habitaciones. Las hojas secas danzan con giros extraños y fantásticos, Y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia etérea Siguiendo las geometrías del espacio exterior, Mientras Fomalhaut se asoma por las brumas del Sur.

Ésta es la hora en que los poetas lunáticos saben Qué hongos brotan en Yugoth, y qué perfumes Y matices de flores, desconocidos en nuestros pobres Jardines terrestres, llenan los continentes de Nithon. ¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos Nos arrebatan una docena de los nuestros!

HONGOS DE YUGGOTH 1920 Poemas de horror cósmico

Y al fin vino del interior de Egipto

El extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;

Silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo

Y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente. A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes, Pero al marcharse no podían repetir lo que habían oido;

Mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia De que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.

Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;

Tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;

Se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron Sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres. Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego, El Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.

jueves, 10 de julio de 2008

PSYCHOPOMPOS, 1917

Yo soy el que aúlla en la noche;

Yo soy el que gime en la nieve;

Yo soy el que nunca ha visto la luz;

Aquel que surge de lo más hondo.

Mi carro es el carro de la muerte;

Mis alas son las alas del miedo;

Mi aliento es el aliento del norte;

Mi presa es lo frío y lo muerto.

En la antigua Auvernia, cuando las escuelas eran pocas

Y los campesinos temían lo que no sabían explicar,

Cuando los nobles vivían lajos de la corte del Rey,

Aislados en solitarias fortalezas,

Moraba un hombre de rango en un castillo

Bajo el calmo crepúsculo de un añoso bosque.

Su nombre, De Blois; su linaje, noble y vasto,

Orgullosa herencia de un honroso pasado;

Pero siempre, ahora y antes, se murmuró

Que el Sieur De Blois no era como los demás.

Persona siniestra y flaca, de pelo lustroso

Y reluciente, blanca dentadura que a menudo mostraba;

De ojos penetrantes y furtiva gracia,

Da su boca salía el dulce, suave idioma francés;

El Sieur era poco estimado y poco visto,

Tan celosamente guardaba su propia intimidad.

Los criados del castillo, pocos, discretos y viejos,

Cuentan una antigua y extraña historia

Donde están sus señores y a los que antes sirvieron.

Estas habladurías nacieron como muchas otras,

Impregnadas de un halo de misterio y envidia;

Patrimonio de lenguas venenosas y afiladas

Los rumores se alimentaron de pocos hechos.

Se decía que el Sieur había sido visto

Cerca del río y en mitad de la noche,

Con aspecto tan indecible y mirada tan extraña

Que los lugareños se santiguaban al verlo,

Aunque ninguno sabía decir con claridad

Por qué lo hacían, o por qué temblaban.

Se rumoreaba que De Blois despreciaba los rezos

Y que no iba a misa el día del Sabbath:

Pero no se puede afirmar nada

Pues en su casa no había capellán, cura ni monje.

Pero si el señor tenía dudosa fama,

Más temida y odiada era su noble dama;

Tan siniestra como él, de facciones salvajes y firmes,

Dotada de una gracia oscura y sobrenatural,

La altiva señora desdeñaba el ambiente rural

Y a los que trataban, en vano, de averiguar su origen.

Las comadres decían que sus ojos brillaban demasiado

Y los chiquillos temblaban al escuchar su risa;

Richard, el enano (sujeto poco creíble),

Juraba que se movía como una serpiente,

Mientras que el viejo Pierre (la edad le provoca desvaríos)

Decía que era más perversa que su marido.

Pero aún eran más absurdos los chismes

A los que se entregaba gratuitamente el populacho,

Las mentiras y murmuraciones sibilinas,

Los cuchicheos... Historias difíciles de probar

Pero que las comadres creían a pie juntillas,

A pesar de llegarles de segunda mano.

Y así, se fue extendiendo la leyenda que aseguraba

Que la señora De Blois echaba mal de ojo;

Incluso, furtivamente, llegaban a sugerir

Que en su pecho anidaba el germen de la brujería.

La vieja Meré Aflard (medio bruja también) decía

Que la dama tenía extraños tratos con la muerte.

Así vivían los dos, como tantos otros

Que rehuyen la fama y la vida en sociedad.

Desdeñaban los recelos de los campesinos

Y sólo querían una cosa... ¡que les dejasen en paz!

Sucedió en la Candelaria, la época más triste del año,

El otoño había pasado, la primavera quedaba lejos,

Cuando el pequeño Jean, primogénito del alcalde,

Cayó irremisiblemente enfermo.

Pacos imaginaban que un joven tan alto y fuerte

Estuviese ahora tan cerca de la muerte,

Mas pálido yacía, sin motivo ni razón,

Mientras los galenos indagaban con desesperación.

El dolor que todos sentían no podía borrar

Las sospechas, los chismes de la vieja bruja,

Pues se decía, y era el dominio de todos,

Que la señora De Blois cabalgaba el día anterior

Con una apariencia sobrenatural y salvaje,

Y que se detuvo ante la puerta donde deliraba el joven

Y que en su boca se dibujó una torcida sonrisa,

Desfigurando su altivo rostro en una mueca burlona.

Todo esto se murmuraba cuando la madre gritó:

La muerte había llegado, llevándose el tierno espíritu;

Con pena desgarradora lloró la abatida mujer

Mientras que su querido niño yacía entre santos y ángeles

El cura del pueblo ofició los funerales

Y el bueno de Michel hizo un ataúd de madera de tejo

Entre cirios y velas reposaba el cadáver.

Mientras lloraban las plañideras y gemían los padres

Pronto pasaron todos ante la humilde casa

Dejando sola a la madre con su niño muerto.

Medianoche era cuando sobre el valle

Estalló la tormenta con furia salvaje;

La nieve caía en furiosas ráfagas

Y el relámpago lucía entre blancos copos;

Un terrible presagio parecía cernirse ominoso

Mientras el trueno retumbaba con tétrico pavor.

En la casa del muerto las velas ardían

Y una madre dolorida lamentaba su pérdida,

Sus ojos irritados incapaces de llorar más,

Incapaces de ver, de cerrarse y dormir.

En el fragor de la tormenta el reloj dio las tres

Cuando cerca del muerto algo se escurrió;

Una cosa incierta que palpaba el aire

Y que subió a la mesa donde yacía el cadáver;

Con trémulas convulsiones trataba de dar

Con el frío cuerpo que la muerte dejó atrás.

La madre despertó de su frágil sueño,

Incapaz de pensar, todavía aturdida;

Pero vió aquel ser venenoso y se percató

De los glotones deseos que parecía tener:

De un certero hachazo hendió la serpentina cabeza

Gritando salvaje mientras la criatura gemía.

El reptil herido huyó siseando,

Ocultando su cuerpo maltrecho en mitad de la noche

Las semanas pasaron y se empezó a murmurar

Que el señor De Blois era un hombre cambiado

A menudo paseaba por el pueblo con extraño porte

Abriéndose paso por el gentío.

Se le veía mucho más que antes

Mas de su dama nada se sabía.

Con el paso del tiempo creció la sospecha

De que atendía con interés lo que se decía en la villa,

Así que no fue cosa extraña

Que se enterase de lo que sucedió al alcalde y su esposa:

La siniestra historia, y su horrible final,

Estaba en boca de todos los lugareños.

El señor la oyó en silencio y partió con el ceño fruncido,

Y nadie le volvió a ver durante muchos días.

Cuando el sol primaveral vertió alegres rayos

Y los mágicos calores borraron la nieve

Un nuevo horror se hizo visible a las gentes,

Pues entre la hierba húmeda y embarrada

Yacía (preservado por el frío manto invernal)

El cadáver de la siniestra dama De Blois,

Su orgullosa frente partida en dos

Por un golpe certero y mortal.

De mala gana llevaron su cuerpo maltrecho

Hasta las pétreas puertas del castillo,

Donde los silenciosos criados lo recogieron,

Estremeciéndose, con más pena que asombro;

El señor miró a su dama con ojos inflamados

Y casi sin inmutarse, tembló en él la ira.

(Al menos eso dijeron los labriegos

cuando contaron la historia a sus mujeres).

La gente se preguntaba por qué De Blois no dijo nada

De la pérdida de su esposa y su horrible pena;

Y entre murmuraciones se llegó a decir

Que el tétrico señor se culpaba a sí mismo.

Pero pocas esperanzas se tenían de aclarar

Un crimen tan oscuro; y así pasó el tiempo:

La horrible historia iba de boca en boca,

Y era más el miedo y el asombro que la pena.

Pronto el sol fue debilitándose y dio paso al invierno,

Que se apoderó del páramo con garras de hielo.

Diciembre trajo consigo la alegría navideña

Y las gentes contentas saludaron el nuevo año;

Pero cuando la Candelaria fue acercándose

Los viejos, al calor de la lumbre, recordaban cosas.

Pocos habían olvidado aquella terrible sucesión

De acontecimientos que tuvieron lugar el año anterior

Y más de uno miraba con intensidad la casa

Donde vivían el afligido alcalde y su esposa.

Al fin llegó el día, y el cielo se cubrió

De oscuros presagios y amenazantes nubarrones

Los bosques cercanos gemían al compás del viento

Y un terror opresivo se cernía en el aire.

Las sencillas gentes, sin saber por qué,

Pasaban de largo ante la casa del alcalde;

En el interior, una afligida pareja lloraba

La falta del niño que ya siempre soñaba.

Una oscuridad profunda y tétrica se desparramó

Desde lo más hondo de la creciente tormenta;

Extraños lamentos llenaron los vientos sin lluvias,

Y los aterrados viajeros no se atrevían a mirar atrás.

Sobre los campos, furiosa, rugió la tempestad;

El río batía con fuerza las trémulas riberas;

Terrible la tormenta bramó en mitad de la noche

Helando la sangre de los que escuchaban;

Arboles enormes fueron barridos como hojas,

Y el vagabundo buscó tembloroso un refugio.

De pronto cayó una calma repentina en mitad de la furia

Y el rugir del viento se tornó suave gemido;

Lejos, cerca del río que riega los campos del pueblo,

Se oyó un nuevo aullido, profundo y lejano;

Y los que escuchaban atentamente se estremecieron

Acurrucándose en la espectral oscuridad,

Pues todos sabían con funesta seguridad

¡Que aquellos gemidos provenían de los lobos!

Los campesinos escuchaban con atención

La horda de lobos que llegaba desde el río;

Sobre las aguas un coro de aullidos

Rasgó el aire y se desparramó por los páramos:

Con los ojos como brasas avanzaron las criaturas,

Clamando al aire su hambre salvaje.

A la cabeza del grupo surgió un poderoso ejemplar

Que parecía mandarles con voz potente;

Los demás lobos obedecían sus bestiales aullidos

Y formaron columnas en orden de batalla:

No atacaron a nadie pero silenciosos marchaban

Sobre los campos gélidos con un solo propósito.

En línea recta avanzaron por las calles del pueblo,

Su trotar fantasmagórico lleno de vigor;

A través de los postigos miraban los lugareños

Y su miedo se tornaba desconcierto.

Al fin la manada descubrió su objetivo

Y el aire se llenó de un profundo aullido;

Los campesinos, sorprendidos, observaban la horda

Que se reunía en una de las granjas del lugar:

Y pronto se propagó el terrible rumor,

¡Aquella era la granja del alcalde!

Los demonios ululantes dieron vueltas y vueltas

Mientras su jefe trepaba por la hiedra del muro;

El viento frenético batió con más fuerza,

Susurrando locuras sobre los doblados tejos.

En la casa indefensa, el alcalde esperaba

La horda salvaje, confiado a su destino,

Pero su aterrada mujer revivía callada

Otro monstruoso pasado y otra lejana escena;

A través del rugido del viento sobre los muros

Recordó a la dama y aquella terrible serpiente:

Y entonces, como si adivinara el pensamiento,

El lobo, fauces abiertas, atravesó la ventana.

Lleno de rabia asesina, por la habitación,

Saltó el demoniaco ser en busca de su esposa;

Con terrible anhelo olisqueó su presa,

Cerca del sitio donde reposaba el cadáver.

Con furia renovada rugió la tempestad,

Arrastrándose entre las colinas, soplando en el valle;

La vieja casa se estremeció, la jauría

Estalló en un furioso profundo aullido.

Rápidamente el valeroso alcalde se interpuso

Ante el lobo con un arma en sus manos.

La misma hacha que antaño se usara

Sirvió otra vez para acabar con el monstruo.

La bestia, con el cráneo hendido, se desplomó

Sobre el suelo, tan quieto como la muerte;

La esposa indemne dejó de gritar,

Desmayándose en los brazos de su marido.

Pero entonces toda la casa se estremeció

Y con furia titánica la tempestad rugió:

Los muros se quebraron y sobre los hombres

Cayó toda la barbarie de la tormenta.

La manada de lobos avanzó con paso tétrico,

Y en cada rostro podía verse hambre y muerte

Pero entonces, sobre la horrible noche,

centelleó un haz de inesperada luz:

todos pudieron ver con claridad la escena,

haciéndole temblar con nuevos miedos.

Sobre la oscuridad resaltaban las chimeneas,

Dibujadas sobre la brillante luminosidad,

¡Y aún seguía colgado el sepulcro familiar,

La imagen del Salvador y la Cruz divina!

Sobre los muros descompuestos brilló el fulgor

Haciendo que las bestias dejasen de avanzar:

Los monstruos sorprendidos quedaron quietos;

¡Y se esfumaron en el aire vacío!

Los lugareños oraban enfebrecidos,

Rezando el rosario una y otra vez.

Pronto desapareció la luz y el fulgor

El tiempo del horror y la muerte había pasado.

Asombrados y pálidos, de sus socavados muros

Salieron el buen alcalde y su esposa:

Las gentes los cuidaron con cariño y por la villa

Se extendió una extraña sensación de paz.

La maravilla y el miedo siguió en sus sueños,

Hasta que los rayos de la luna abrieron las nubes.

Aquí se para el viejo en su cháchara,

Confundido con la edad, la historia a medio contar;

Los que escuchan se impacientan por saber el final,

Temiendo que no sea una historia, sino dos;

El debe saber qué la sucedió al siniestro señor

Cuyos extraños designios crearon el cuento,

Y se asombra de que la crónica despierte interés

Como para seguir hablando del lobo nocturno.

Su vieja esposa, ante la solicitud de los oyentes,

Asiente tétricaniente, y sigue reviviendo

Sucesos más extraños del final de la historia

Sobre el lobo y el alcalde, milagro y tempestad.

Cuando (continúa) los rayos del amanecer

Impregnaron la escena de tanto horror,

Los aterrados labriegos que vieron las ruinas

Encontraron entre los escombros una nueva maravilla.

Desde los muros caídos unas huellas rojas,

Las del lobo herido, salían sin rumbo fijo;

Sobre el camino erraban las huellas

Hasta perderse en los alrededores pantanosos:

Asombrados, los curiosos se fueron,

Pues lo que de allí salía jamás retornó.

De nuevo el viejo, entornando los ojos,

Hace una pausa para ver un halcón en el cielo;

Los asustados oyentes se impacientan

Y esperan el desarrollo de la historia.

El cronista atiende los ruegos de la gente

Y sigue murmurando extrañas cosas de su cuento.

¿El señor? Ah, si... en vano aquella mañana

sus temblorosos criados rastrearon el páramo;

nadie le ha vuelto a ver desde que huyó

en silencio en la oscuridad que precede al día,

su caballo, inquieto y extrañamente asustado,

volvió solo aquella noche desde el río.

Su perro de caza, aullando tristemente,

Vagaba por el pantano, embargado por la pena.

Las gentes hicieron suposiciones, mas nada decían;

Los sirvientes buscaron en vano:

Pues el señor De Blois (y su esposa también)

Jamás fue visto por nadie nunca más.


Sueños del Soñador de Providence