I love Lovecraft

Ha pasado poco tiempo desde que me encontré a Lovecraft en la red -tan solo siete años- desde entonces, gracias a Ernest empecé a leerlo y tiempo después -cuando ya no podía dejar de leer- empecé a recopilar sus relatos; tuve algunos problemas porque algunos de ellos están perdidos y otros simplemente no se encuentran con tanta facilidad en la red.

Algunos participantes del foro de Ciberanika me enviaron desde España libros de Lovecraft -Gracias por eso- y tiempo después empecé a buscar en el fondo de las tiendas y librerías de mi ciudad y encontré uno que otro, algunos con relatos repetidos y pastas maltratadas. Las mini Ferias del Libro también han ayudado mucho en mi búsqueda y los viajes que he tenido oportunidad de hacer.

Actualmente tengo un pequeño ''altar'' a Cthulhu, el personaje más reconocido y popular de Lovecraft, así como un tatuaje del mismo en mi tobillo.



A algunos les pareció exagerado, tonto y a otros simplemente no les gustó, pero Lovecraft me inspiró para mis historias y me invitó a un mundo maravilloso con paisajes inimaginables y seres fascinantes. Su redacción y su creatividad me maravillan desde que leí 'La Sombra Sobre Innsmouth' hace años, rescató una parte de mi personalidad que pendía de un hilo y que a punto estuve de perder.



Ahora quiero compartir los relatos con ustedes, sin ánimo de lucrar o ganar algo, solamente de guardar -porque mi pc puede fenecer en cualquier momento- y de invitarlos a entrar en Innsmouth o Dunwich, a soñar en la casa de la bruja o a llamar al gran Cthulhu que yace dormido en la profundidad del mar.

Bienvenidos.

Eyra Garibay Wong

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viernes, 11 de julio de 2008

EL CAOS REPTANTE (NYARLATHOTEP) 1920 (Colaboración de Elizabeth Berkeley)

Mucho es lo que se ha escrito acerca de los placeres y los sufrimientos del opio. Los éxtasis y horrores de De Quincey y los paradis artificiels de Baudelaire son conservados e interpretados con tal arte que los hace inmortales, y el mundo conoce a fondo la belleza, el terror y el misterio de esos oscuros reinos donde el soñador es transportado. Pero aunque mucho es lo que se ha hablado, ningún hombre ha osado todavía detallar la naturaleza de los fantasmas que entonces se revelan en la mente, o sugerir la dirección de los inauditos caminos por cuyo adornado y exótico curso se ve irresistiblemente lanzado el adicto. De Quincey fue arrastrado a Asia, esa fecunda tierra de sombras nebulosas cuya temible antigüedad es tan impresionante que "la inmensa edad de la raza y el nombre se impone sobre el sentido de juventud en el individuo", pero él mismo no osó ir más lejos. Aquellos que han ido más allá rara vez volvieron y, cuando lo hicieron, fue siempre guardando silencio o sumidos en la locura. Yo consumí opio en una ocasión... en el año de la plaga, cuando los doctores trataban de aliviar los sufrimientos que no podían curar. Fue una sobredosis -mi médico estaba agotado por el horror y los esfuerzos- y, verdaderamente, viajé muy lejos. Finalmente regresé y viví, pero mis noches se colmaron de extraños recuerdos y nunca más he permitido a un doctor volver a darme opio.

Cuando me administraron la droga, el sufrimiento y el martilleo en mi cabeza habían sido insufribles. No me importaba el fututo; huir, bien mediante curación, inconsciencia o muerte, era cuanto me importaba. Estaba medio delirando, por eso es difícil ubicar el momento exacto de la transición, pero pienso que el efecto debió comenzar poco antes de que las palpitaciones dejaran de ser dolorosas. Como he dicho, fue una sobredosis; por lo cual, mis reacciones probablemente distaron mucho de ser normales. La sensación de caída, curiosamente disociada de la idea de gravedad o dirección, fue suprema, aunque había una impresión secundaria de muchedumbres invisibles de número incalculable, multitudes de naturaleza infinitamente diversa, anque todas más o menos relacionadas conmigo. A veces, menguaba la sensación de caída mientras sentía que el universo o las eras se desplomaban ante mí. Mis sufrimientos cesaron repentinamente y comencé a asociar el latido con una fuerza externa más que con una interna. También se había detenido la caída, dando paso a una sensación de descanso efímero e inquieto, y, cuando escuché con mayor atención, fantaseé con que los latidos procedieran de un mar inmenso e inescrutable, como si sus siniestras y colosales rompientes laceraran alguna playa desolada tras una tempestad de titánica magnitud. Entonces abrí los ojos.

Por un instante, los contornos parecieron confusos, como una imagen totalmente desenfocada, pero gradulamente asimilé mi solitaria presencia en una habitación extraña y hermosa iluminada por multitud de ventanas. No pude hacerme la idea de la exacta naturaleza de la estancia, porque mis sentidos distaban aún de estar ajustados, pero advertí alfombras y colgaduras multicolores, mesas, sillas, tumbonas y divanes de elaborada factura, y delicados jarrones y ornatos que sugerían lo exótico sin llegar a ser totalmente ajenos. Todo eso percibí, aunque no ocupó mucho tiempo en mi mente. Lenta, pero inexorablemente, arrastrándose sobre mi conciencia e imponiéndose a cualquier otra impresión, llegó un temor vertiginoso a lo desconocido, un miedo tanto mayor cuanto que no podía analizarlo y que parecía concernir a una furtiva amenaza que se aproximaba... no la muerte, sino algo sin nombre, un ente inusitado indeciblemente más espantoso y aborrecible.

Inmediatamente me percaté de que el símbolo directo y excitante de mi temor era el odioso martilleo cuyas incesantes reverberaciones batían enloquecedoramente contra mi exhausto cerebro. Parecía proceder de un punto fuera y abajo del edificio en el que me hallaba, y estar asociado con las más terroríficas imágenes mentales. Sentí que algún horrible paisaje u objeto acechaban más allá de los muros tapizados de seda, y me sobrecogí ante la idea de mirar por las arqueadas ventanas enrejadas que se abrían tan insólitamente por todas partes. Descubriendo postigos adosados a esas ventanas, los cerré todos, evitando dirigir mis ojos al exterior mientras lo hacía. Entonces, empleando pedernal y acero que encontré en una de las mesillas, encendí algunas velas dispuestas a lo largo de los muros en barrocos candelabros. La añadida sensación de seguridad que prestaban los postigos cerrados y la luz artificial calmaron algo mis nervios, pero no fue posible acallar el monótono retumbar. Ahora que estaba más calmado, el sonido se convirtió en algo tan fascinante como espantoso. Abriendo una portezuela en el lado de la habitación cercano al martilleo, descubrí un pequeño y ricamente engalanado corredor que finalizaba en una tallada puerta y un amplio mirador. Me vi irresistiblemente atraído hacia éste, aunque mis confusas aprehensiones me forzaban igualmente hacia atrás. Mientras me aproximaba, pude ver un caótico torbellino de aguas en la distancia. Enseguida, al alcanzarlo y observar el exterior en todas sus direcciones, la portentosa escena de los alrededrores me golpeó con plena y devastadora fuerza.

Contemplé una visión como nunca antes había observado, y que ninguna persona viviente puede haber visto salvo en los delirios de la fiebre o en los infiernos del opio. La costrucción se alzaba sobre un angosto punto de tierra -o lo que ahora era un angosto punto de tierra- remontando unos 90 metros sobre lo que últimamemnte debió ser un hirviente torbellino de aguas enloquecidas. A cada lado de la casa se abrían precipicios de tierra roja recién excavados por las aguas, mientras que enfrente las temibles olas continuaban batiendo de forma espantosa, devorando la tierra con terrible monotonía y deliberación. Como a un kilómetro se alzaban y caían amenazadoras rompientes de no menos de cinco metros de altura y, en el lejano horizonte, crueles nubes negras de grotescos contornos colgaban y acechaban como buitres malignos. Las olas eran oscuras y purpúreas, casi negras, y arañaban el flexible fango rojo de la orilla como toscas manos voraces. No pude por menos que sentir que alguna nociva entidad marina había declarado una guerra a muerte contra toda la tierra firme, quizá instigada por el cielo enfurecido.

Recobrándome al fin del estupor en que ese espectáculo antinatural me había sumido, descubrí que mi actual peligro físico era agudo. Aun durante el tiempo en que observaba, la orilla había perdido muchos metros y no estaba lejos el momento en que la casa se derrumbaría socavada en el atroz pozo de las olas embravecidas. Por tanto, me apresuré hacia el lado opuesto del edificio y, encontrando una puerta, la cerré tras de mí con una curiosa llave que colgaba en el interior. Entonces contemplé más de la extraña región a mi alrededor y percibí una singular división que parecía existir entre el océano hostil y el firmamemnto. A cada lado del descollante promontorio imperaban distintas condiciones. A mi izquiera, mirando tierra adentro, había un mar calmo con grandes olas verdes corriendo apaciblemente bajo un sol resplandeciente. Algo en la naturaleza y posición del sol me hicieron entremecer, aunque no pude entonces, como no puedo ahora, decir qué era. A mi derecha también estaba el mar, pero era azul, calmoso, y sólo ligeramente ondulado, mientras que el cielo sobre él estaba oscurecido y la ribera era más blanca que enrojecida.

Ahora volví mi atención a tierra, y tuve ocasión de sorprenderme nuevamente, puesto que la vegetación no se parecía en nada a cuanto hubiera visto o leído. Aparentemente, era tropical o al menos subtropical... una conclusión extraída del intenso calor del aire. Algunas veces pude encontrar una extraña analogía con la flora de mi tierra natal, fantaseando sobre el supuesto de que las plantas y matorrales familiares pudieran asumir dichas formas bajo un radical cambio de clima; pero las gigantescas y omipresentes palmeras eran totalmente extranjeras. La casa que acababa de abandonar era muy pequeña -apenas mayor que una cabaña- pero su material era evidentemente mármol, y su arquitectura extraña y sincrética, en una exótica amalgama de formas orientales y occidentales. En las esquinas había columnas corintias, pero los tejados rojos eran como los de una pagoda china. De la puerta que daba a tierra nacía un camino de singular arena blanca, de metro y medio de anchura y bordeado por imponentes palmeras, así como por plantas y arbustos en flor desconocidos. Corría hacia el lado del promontorio donde el mar era azul y la ribera casi blanca. Me sentí impelido a huir por este camino, como perseguido por algún espíritu maligno del océano retumbante. Al principio remontaba ligeramente la ribera, luego alcancé una suave cresta. Tras de mí, vi el paisaje que había abandonado: toda la punta con la cabaña y el agua negra, con el mar verde a un lado y el mar azul al otro, y una maldición sin nombre e indescriptible cerniéndose sobre todo. No volví a verlo más y a menudo me pregunto... Tras esta última mirada, me encaminé hacia delante y escruté el panorama de tierra adentro que se extendía ante mí.

El camino, como he dicho, corría por la ribera derecha si uno iba hacia el interior. Delante y a la izquierda vislumbré entonces un magnífico valle, que abarcaba miles de acres, sepultado bajo un oscilante manto de hierba tropical más alta que mi cabeza. Casi al límite de la visión había una colosal palmera que parecía fascinarme y reclamarme. En este momento, el asombro y la huida de la península condenada habían, con mucho, disipado mi temor, pero cuando me detuve y desplomé fatigado sobre el sendero, hundiendo ociosamente mis manos en la cálida arena blancuzco-dorada, un nuevo y agudo sonido de peligro me embargó. Algún terror en la alta hierba sibilante pareció sumarse a la del diabólico mar retumbante y me alcé gritando fuerte y desabridamente.

-¿Tigre? ¿Tigre? ¿Es un tigre? ¿Bestias? ¿Bestias? ¿Es una bestia lo que me atemoriza?

Mi mente retrocedía hasta una antigua y clásica historia de tigres que había leído; traté de recordar al autor, pero tuve alguna dificultad. Entonces, en mitad de mi espanto, recordé que el relato pertenecía a Ruyard Kipling; no se me ocurrió lo ridículo que resultaba considerarle como un antiguo autor. Anhelé el volumen que contenía esta historia, y casi había comenzado a desandar el camino hacia la cabaña condenada cuando el sentido común y el señuelo de la palmera me contuvieron.

Si hubiera o no podido resistir el deseo de retroceder sin el concurso de la fascinación por la inmensa palmera, es algo que no sé. Su atracción era ahora predominante, y dejé el camino para arrastrarme sobre manos y rodillas por la pendiente del valle, a pesar de mi miedo hacia la hierba y las serpientes que pudiera albergar. Decidí luchar por mi vida y cordura tanto como fuera posible y contra todas las amenazas del mar o tierra, aunque a veces temía la derrota mientras el enloquecido silbido de la misteriosa hierba se unía al todavía audible e irritante batir de las distantes rompientes. Con frecuencia, debía detenerme y tapar mis oídos con las manos para aliviarme, pero nunca pude acallar del todo el detestable sonido. Fue tan sólo tras eras, o así me lo pareció, cuando finalmente pude arrastrarme hasta la increíble palmera y reposar bajo su sombra protectora.

Entonces ocurrieron una serie de incidentes que me transportaron a los opuestos extremos del éxtasis y el horror; sucesos que temo recordar y sobre los que no me atrevo a buscar interpretación. Apenas me había arrastrado bajo el colgante follaje de la palmera, cuando brotó de entre sus ramas un muchacho de una belleza como nunca antes viera. Aunque sucio y harapiento, poseía las facciones de un fauno o semidiós, e incluso parecía irradiar en la espesa sombra del árbol. Sonrió tendiendo sus manos, pero antes de que yo pudiera alzarme y hablar, escuché en el aire superior la exquisita melodía de un canto; notas altas y bajas tramadas con etérea y sublime armonía. El sol se había hundido ya bajo el horizonte, y en el crepúsculo vi una aureola de mansa luz rodeando la cabeza del niño. Entonces se dirigió a mí con timbre argentino.

-Es el fin. Han bajado de las estrellas a través del ocaso. Todo está colmado y más allá de las corrientes arinurianas moraremos felices en Teloe.

Mientras el niño hablaba, descubrí una suave luminosidad a través de las frondas de las palmeras y vi alzarse saludando a dos seres que supe debían ser parte de los maestros cantores que había escuchado. Debían ser un dios y una diosa, porque su belleza no era la de los mortales, y ellos tomaron mis manos diciendo:

-Ven, niño, has escuchado las voces y todo está bien. En Teloe, más allá de las Vía Láctea y las corrientes arinurianas, existen ciudades de ámbar y calcedonia. Y sobre sus cúpulas de múltiples facetas relumbran los reflejos de extrañas y hermosas estrellas. Bajo los puentes de marfil de Teloe fluyen los ríos de oro líquido llevando embarcaciones de placer rumbo a la floreciente Cytarion de los Siete Soles. Y en Teloe y Cytarion no existe sino juventud, belleza y placer, ni se escuchan más sonidos que los de las risas, las canciones y el laúd. Sólo los dioses moran en Teloe la de los ríos dorados, pero entre ellos tú habitarás.

Mientras escuchaba embelesado, me percaté súbitamente de un cambio en los alrederores. La palmera, que últimamente había resguardado a mi cuerpo exhausto, estaba ahora a mi izquierda y considerablemente debajo. Obviamente flotaba en la atmósfera; acompañado no sólo por el extraño chico y la radiante pareja, sino por una creciente muchedumbre de jóvenes y doncellas semiluminosos y coronados de vides, con cabelleras sueltas y semblante feliz. Juntos ascendimos lentamente, como en alas de una fragante brisa que soplara no desde la tierra sino en dirección a la nebulosa dorada, y el chico me susurró en el oído que debía mirar siempre a los senderos de luz y nuca abajo, a la esfera que acababa de abandonar. Los mozos y muchachas entonaban ahora dulces acompañamientos con los laúdes y me sentía envuelto en una paz y felicidad más profunda de lo que hubiera imaginado en toda mi vida, cuando la intrusión de un simple sonido alteró mi destino destrozando mi alma. A través de los arrebatados esfuerzos de cantores y tañedores de laúd, como una armonía burlesca y demoníaca, atronó desde los golfos inferiores el maldito, el detestable batir del odioso océano. Y cuando aquellas negras rompientes rugieron su mensaje en mis oídos, olvidé las palabras del niño y miré abajo, hacia el condenado paisaje del que creía haber escapado.

En las profundidades del éter vi la estigmatizada tierra girando, siempre girando, con irritados mares tempestuosos consumiendo las salvajes y arrasadas costas y arrojando espuma contra las tambaleantes torres de las ciudades desoladas. Bajo una espantosa luna centelleaban visiones que nunca podré describir, visiones que nunca olvidaré: desiertos de barro cadavérico y junglas de ruina y decadencia donde una vez se extendieron las llanuras y poblaciones de mi tierra natal, y remolinos de océano espumeante donde otrora se alzaran los poderosos templos de mis antepasados. Los alrederores del polo Norte hervían con ciénagas de estrepitoso crecimiento y vapores malsanos que silbaban ante la embestida de las inmensas olas que se encrespaban, lacerando, desde las temibles profundidades. Entonces, un desgarrado aviso cortó la noche, y a través del desierto de desiertos apareció una humeante falla. El océano negro aún espumeaba y devoraba, consumiendo el desierto por los cuartro costados mientras la brecha del centro se ampliaba y ampliaba.

No había otra tierra salvo el desierto, y el océano furioso todavía comía y comía. Sólo entonces pensé que incluso el retumbante mar parecía temeroso de algo, atemorizado de los negros dioses de la tierra profunda que son más grandes que el malvado dios de las aguas, pero, incluso si era así, no podía volverse atrás, y el desierto había sufrido demasiado bajo aquellas olas de pesadilla para apiadarse ahora. Así, el océano devoró la última tierra y se precipitó en la brecha humeante, cediendo de este modo todo cuanto había conquistado. Fluyó nuevamente desde las tierras recién sumergidas, desvelando muerte y decadencia y, desde su viejo e inmemorial lecho, goteó de forma repugante, revelando secretos ocultos en los años en que el Tiempo era joven y los dioses aún no habían nacido. Sobre las olas se alzaron recordados capiteles sepultados bajo las algas. La luna arrojaba pálidos lirios de luz sobre la muerta Londres, y París se levantaba sobre su húmeda tumba para ser santificada con polvo de estrellas. Después, brotaron capiteles y monolitos que estaban cubiertos de algas pero que no eran recordados; terribles capiteles y monolitos de tierras acerca de las cuales el hombre jamás supo.

No había ya retumbar alguno, sino sólo el ultraterreno bramido y siseo de las aguas precipitándose en la falla. El humo de esta brecha se había convertido en vapor, ocultando casi el mundo mientras se hacía más y más denso. Chamuscó mi rostro y manos, y cuando miré para ver cómo afectaba a mis compañeros descubrí que todos habían desaparecido. Entonces todo terminó bruscamente y no supe más hasta que desperté sobre una cama de convalecencia. Cuando la nube de humo procedente del golfo plutónico veló por fin toda mi vista, el firmamento entero chilló mientras una repentina agonía de reverberaciones enloquecidas sacudía el estremecido éter. Sucedió en un relámpago y explosión delirantes; un cegador, ensordecedor holocausto de fuego, humo y trueno que disolvió la pálida luna mientras la arrojaba al vacío.

Y cuando el humo clareó y traté de ver la tierra, tan sólo pude contemplar, contra el telón de frías y burlonas estrellas, al sol moribundo y a los pálidos y afligidos planetas buscando a su hermana.

EL GRABADO EN LA CASA (THE PICTURE IN THE HOUSE) 1920

Los amantes del terror frecuentan los lugares misteriosos y remotos Para ellos son las catacumbas de Ptolomeo y los labrados mausoleos de tantos y tantos mundos de pesadilla. A la luz de la luna escalan las torres de los ruinosos castillos del Rhin, y tropiezan una y otra vez por las oscuras escalinatas cubiertas de telarañas bajo las desperdigadas piedras de olvidadas ciudades de Asia. El bosque encantado y la desolada montaña son sus santuarios, y merodean en torno a los siniestros monolitos que se erigen en despobladas islas. Pero el verdadero epiúreo de lo terrible, aquel para quien un nuevo estremecimiento de inconmensurable horror representa el objetivo principal y la justificación de toda una existencia, aprecia por encima de todo las antiguas y solitarias granjas que se levantan entre los bosques de Nueva Inglaterra, pues es en esta región donde mejor se combinan los sombríos elementos de fuerza, soledad, fantasía e ignorancia, hasta constituir la máxima expresión de lo tenebroso. El paisaje más horrible es aquel en que pueden verse a gran distancia de los caminos transitados, casitas de madera sin pintar, generalmente agazapadas bajo alguna ladera húmeda y cubiertas de hierbas o recostadas en algún rocoso macizo de dimensiones gigantescas. Durante doscientos años, e incluso desde mucho antes, han estado recostadas o agazapadas en aquellos parajes mientras las enredaderas reptaban por el suelo y los arboles aumentaban de grosor y se multiplicaban por doquier. Hoy las casas están prácticamente ocultas entre incontenibles frondosidades de vegetación y veladoras mortajas de sombra, pero las ventanas de pequeña hoja siguen observando fijamente, como si parpadearan en medio de un estupor letal que detuviera la locura a la vez que disipara el recuerdo de las cosas inexpresables. En tales casas han habitado generaciones de las rnás extrañas gentes que hayan podido poblar la tierra. Dominados por creencias lóbregas y fanáticas que les llevaron a alejarse de sus congéneres, sus antepasados buscaron la libertad en la soledad de los yermos.

Allí, los vástagos de una raza conquistadora crecieron en libertad, sin ninguna de las limitaciones impuestas por los representantes de su especie, pero, en patético servilismo, se entregaron de lleno al culto de los siniestros fantasmas producto de su imaginación. Divorciados de los avances de la civilización, toda la fuerza de estos puritanos se orientó por canales autóctonos; y en su aislamiento, morbosa autorrepresión y lucha por la vida en medio de una implacable naturaleza, acabaron adquiriendo sombríos y subrepticios rasgos de los prehistóricos abismos de su fría descendencia septentrional. Practicas por necesidad y austeras por convicción, tales gentes no hallaban agrado en sus pecados. Cometiendo errores como cualquier otro mortal, se veían forzadas por su estricto código a tratar de encubrirlos por encima de todo, hasta el punto de discernir cada vez menos lo que encubrían. Sólo las silenciosas, somnolientas y conspicuas casas de apartadas y frondosas comarcas pueden revelar lo que desde tiempos remotos permanece oculto, pero, poco dispuestas como están a desperezarse del letargo que las ayuda a olvidar, raramente se muestran comunicativas.

A veces uno piensa que lo más prudente sería demoler, estas casas, pues dan la impresión de soñar con harta frecuencia. Fue precisamente a uno de estos edificios desvencijados por el paso de los años a donde me vi obligado a encaminarme una tarde de noviembre de 1896, como consecuencia de una lluvia tan copiosa y desapacible que hacia preferible cualquier refugio a tener que sufrir sus efectos. Llevaba viajando algún tiempo por la comarca del valle de Miskatonic en busca de ciertos datos genealógicos, y dada la remota, descarriada y problemática naturaleza de mi recorrido, había juzgado oportuno servirme de una bicicleta pesar de lo avanzado de la temporada. - En cierto momento de mi periplo me encontré en un camino aparentemente - abandonado que había tomado creyéndolo el atajo más corto para llegar a Arkham, cuando me vi sorprendido por la tormenta en un punto alejado de todo núcleo habitado, enfrentado a la situación de que no - me quedaba Otro refugio que aquel destartalado y desapacible edificio de madera, cuyas empañadas ventanas parecían parpadear entre dos grandes olmos de hojas caídas que había casi al pie de una rocosa montaña. Aun cuando estaba un tanto lejos de lo que quedaba de una antigua carretera, no por eíío la casa me impresionó menos favorablemente desde el momento mismo en que la divisé. Los cimientos que se conservan íntegros y en buen estado no sé quedan mirando con tan taimada y pertinaz expresión a los viajeros que aciertan a pasar delante suyo, y en mis investigaciones genealógicas había encontrado leyendas con un siglo de antigüedad que me predisponían de entrada contra lugares como aquél. Pero la fuerza de los elementos era tal que tuve que dejar a un lado mis escrúpulos, y no dudé ni un instante en dirigir mi bicicleta hacia la pendiente cubierta de maleza hasta llegar a la cerrada puerta que, de pronto, me parecía tan sugestiva y encubridora.

En seguida pensé que se trataba de una casa abandonada, pero a medida que me acercaba a ella perdía terreno mi suposición, pues aunque los senderos rebosaban de maleza, parecían conservar sus rasgos demasiado bien. como para hacer pensar en un total abandono. Así que en lugar de intentar abrir sin más llamé a la puerta, al tiempo que se apoderaba de una una ansiedad que resultaría difícil de explicar. Mientras aguardaba en la toca accidentada y cubierta de musgo que hacia las veces de escalón de entrada, eché una mirada a las ventanas y bastidores del montante que había encima de mí, y noté que aunque viejos, chirriantes y casi opacos por la arena que los cubría, no estaban rotos. El edificio, pues, debía estar habitado, a pesar del aislamiento y del estado general de abandono en que se encontraba. Con todo, mis golpes no evocaron la menor respuesta, así que tras repetir la llamada traté de abrir el herrumbroso picaporte y comprobé que la puerta estaba desatrancada. En el interior había un pequeño vestíbulo de cuyas paredes se estaba cayendo el yeso.

A través de la puerta se filtraba un olor ligero pero particularmente insoportable. Entré, sin soltar la bicicleta, y cerré la puerta tras de mi. Al frente mío había una estrecha escalera, flanqueada por una pequeña púerta que seguramente debía conducir al sótano, mientras que a la izquierda y a la derecha se veían sendas puertas cerradas que llevaban a otras tantas habitaciones de la planta baja. Tras apoyar mi bicicleta contra la pared, abrí la puerta situada a la izquierda y me adentré en una pequeña cámara de techo bajo en la que apenas entraba luz a través de sus dos polvorientas ventanas y estaba amueblada con la mayor desnudez y primitivismo imaginables. Daba la impresión de tratarse de una sala de estar, pues había una mesa, varias sillas y una inmensa chimenea so- bre cuya repisa hacia tic-tac un antiguo reloj. Apenas había unos cuantos libros y papeles, y en la oscuridad reinante difícilmente podía distinguir los títulos. Lo que más me interesaba, de aquel lugar era el aire arcaizante perceptible en cualquier detalle, por mínimo que fuese. En la mayoría de las casas de la comarca había encontrado abundantes reliquias del pasado, pero en ésta la antigüedad era sorprendente y total: en toda la habitación no conseguí localizar un solo artículo de fecha indudablemente post-revolucionaria Si el mobiliario no hubiese sido tan humilde, aquel lugar habría constituido el paraíso de un coleccionista. Mi aversión, suscitada en un principio por el desolado exterior de la casa, fue en aumento a medida que recorría con la mirada tan singular vivienda. No sabría decir qué era exactamente lo que me inspiraba temor o detestaba de aquella casa, pero habla algo en aquella atmósfera que me recordaba una fragancia de épocas licenciosas, de ignominiosa brutalidad y de secretos que era mejor relegar al olvido. No tenía ganas de sentarme, así que me puse a dar vueltas y a examinar de cerca los objetos que había advertido al entrar.

El primer objeto que atrajo mi curiosidad fue un libro de tamaño medio que había sobre la mesa y presentaba tan antediluviano aspecto que me sorprendí de verlo fuera de un museo o biblioteca. Estaba encuadernado en cuero con guarniciones de metal, y se encontraba en excelente estado de conservación. No resultaba nada corriente encontrar semejante volumen en tan humilde vivienda. Mi sorpresa aún fue mayor cuando lo abrí por la primera página, pues resultó ser nada menos que la descripción de Pigafetta de la región del Congo, escrita en latín a partir de las observaciones recogidas por el marinero Lope e impresa en Frankfurt en 1598. Había oído hablar en repetidas ocasiones de aquella obra, con sus curiosas ilustraciones obra de los hermanos de Bry, y por unos momentos me olvidé, mientras hojeaba las paginas, del malestar que sentía. Los grabados eran sumamente interesantes; inspirados en la imaginación y sin preocuparse por respetar la exactitud de las descripciones, en ellos se repre sentaba a los negros con piel blanca y rasgos caucásicos. Habría estado hojeando el libro durante un buen rato de no ser por una circunstancia absolutamente trivial que irritó mis exasperados nervios y reavivó la sensación de desasosiego que me invadía.

Lo que me fastidiaba era simplemente que, quisiera o no, el volumen se abría siempre por la Lámina XII, que representaba con estremecedor detalle una carnecería en las caníbales Anziques. Experimenté cierta vergüenza ante mi susceptibilidad por tan mínimo detalle, pero lo cierto es que no me agradaba nada ver a aquel grabado, sobre todo en relación con ciertos pasajes a acentes descriptivos de la gastronomía anziqueña.

Me volví hacia un estante próximo y me detuve a exa- -minar su escaso contenido literario —una Biblia del siglo XVIII un Pilgrim's Progress de la misma época, ilustrado con grotescos grabados sobre madera e impreso por el autor de almanaques Isaiah Thomas, el detestable < y menos sorpresa me causó oír pasos que descendían por la chirriante escalera.

Las pisadas eran fuertes, pero parecían encerrar una singular nota de precaución, una nota que aún me gustó menos si cabe precisamente porque los pasos eran pesados.. Al entrar en la habitación había cerrado la puerta detrás de mí. Al cabo de un rato, tras unos instantes de silencio en que el caminante debió de pararse a examinar la bicicleta que había dejado en el vestíbulo, oí un desmañado forcejeo en el picaporte y luego vi cómo se abría la artesonada puerta: -En medio de la puerta había una persona de tan singular apariencia que si no proferí un grito se debió, sin duda, a lo que de buena crianza me quedaba. --Anciano, con la barba canosa y con unos andrajos por toda ropa, mi anfitrión tenía un semblante y un físico que inspiraban admiración y a la vez respeto. No tendría menos de un metro noventa de estatura, y a pesar de su aspecto general de persona entrada en años y viviendo en la más absoluta miseria, era de complexión fuerte y vigorosa. Su cara, casi oculta por una larga y poblada barba que le cubría por completo las mejillas, tenía una tez extraordinariamente sonrosada y menos arrugada de lo que, cabria esperar, mientras que por encima de una ancha frente le caían unas greñas de pelo canoso que escaseaba debido al paso de los años. Sus azules ojos, aunque un poco inyectados en sangre, parecían inexplicablemente vivos y lanzaban miradas abrasadoras.

Si no hubiese sido por su estrafalaria apariencia, aquel hombre tendría un porte tan distinguido como imponente era su contextura. Ese aspecto desgreñado no obstante, era lo que le hacia repulsivo a pesar de su físico y expresión. No sabría exactamente decir en qué consistía su vestimenta, pues me daba la impresión de que no era sino un montón de harapos sobre un par de gruesas botas de caña. La absoluta falta de limpieza que evidenciaba sobrepasaba toda posible descripción. La apariencia de aquel hombre y el miedo instintivo que inspiraba suscitaron en mí un sentimiento como de hostilidad, hasta el punto de casi estremecerme ante la sorpresa y sensación de siniestra incongruencia que me produjo al indicarme con la mano que tomara asiento y dirigirse a mí en una débil y modulada voz de lisonjero tono respetuoso y hospitalario Su lenguaje era muy extraño; una variante extrema del dialecto yanqui que creía extinguida desde hacía tiempo, y tuve ocasión de estudiarla atentamente mientras sosteníamos una conversación sentados frente a frente.

-Sorprendióle la lluvia ¿no? -me dijo a modo de saludo-. Por fortuna hallábase cerca de la casa y orientóse para llegar hasta aquí. Presúmome que estaba dormido, pues de lo contrario habríale oído… que ya no soy joven, y necesito dormir largas horas todos los días. ¿Viaja lejos? No transita mucha gente por este camino desde que suprimieron la diligencia de Arkham. Le dije que me dirigía a Arkham y le presenté mis excusas por haber entrado tan bruscamente en su vivienda, tras de lo cual el anciano volvió a tomar la palabra.

-Alégrarne verle, caballero.. apenas se ven caras nuevas por aquí no tengo mucho con que solazame estos días. Presumo que es de Boston, ¿no? Nunca he estado allí, pero puedo distinguir a un hombre de ciudad con sólo verle.., tuvimos un maestro para todo el distrito allá por el 84, pero hubo de irse un buen día y nadie ha vuelto a oír hablar de él desde entonces.... -Al llegar a este punto el anciano emitió una especie de risa sofocada, y no me dio explicación alguna al inquirirle el motivo de la misma. Daba la impresión de estar de muy buen humor, pero tenía las rarezas propias de un hombre de tan desastrada apariencia. Durante algún tiempo siguió hablando sin parar como si encontrase una febril complacencia en ello, hasta que me dio por preguntarle cómo había llegado a sus manos un libro tan raro como el Regnum Congo de Pigafetta. No me había repuesto de la sorpresa que me produjo ver allí aquel libro y me mostraba un tanto renuente a hablar de él, pero la curiosidad se impuso sobre todos los difusos temores que habían ido apoderándose de mí desde la primera mirada que lancé a aquella casa. Para alivio mío, la pregunta no resultó embarazosa pues mi anciano anfitrión respondió de modo espontáneo y con harta facundia.

-¡Oh! ¿El libro africano? Cambiómelo el capitán Ebenezer Holt por algo mío allá por el año 68... antes que muriere en la guerra. -Algo había en el nombre de Ebenezer Holt que me hizo levantar la vista al instante. Había encontrado aquel nombre en mis trabajos genealógicos, pero no había logrado encontrar datos suyos desde los tiempos de la Revolución. Me pregunté si aquel hombre podría ayudarme en la tarea en que estaba embarcado, pero decidí aplazar mi pregunta para más

adelante. Entre tanto, el anciano prosiguió su relato.

-Navegó Ebenezer por espacio de muchos años en un mercante de Salem, y no había puerto por el que pasare en el que no se encaprichare de alguna peregrina rareza. Creo que esto lo adquirió en Londres... Gustábale comprar cosas en las tiendas. Una vez fui a su casa, en las montañas, a vender caballos, y vi este libro. Gustáronme los grabados y lo intercambiamos. Es un libro muy raro... Veamos, he de ponerme los lentes.. --El anciano escarbó entre sus harapos, y extrajo un par de gafas sucias e increíblemente antiguas con pequefias lentes octogonales y patillas de acero. Una vez puestas, cogió el volumen que había sobre la mesa y pasó las páginas con sumo cuidado.

-Ebenezer sabía leer algo del libro (está en latín, -¿sabe?), pero yo no puedo. Leyéronme partes dos o tres maestros, y también el reverendo Clark, del que se rumorea murió ahogado en la laguna...¿acaso entiende usted algo de lo que dice? -Le dije que si, y para demostrárselo le traduje un fragmento del principio. Si cometí errores, el anciano no era ningún docto latinista para corregirme; además, parecía puerilmente encantado de mi versión inglesa. Su proximidad se iba haciendo cada vez más insoportable, pero no veía la forma de desembarazarme de él sin ofenderle. Me causaba regocijo el pueril entusiasmo de aquel ignorante anciano por los grabados de un libro que no podía leer, y me preguntaba si podría siquiera leer los escasos libros en inglés que adornaban la habitación. Esa misma impresión de sencillez eliminó una gran parte de la difusa aprensión que hasta entonces había experimentado, y sonreí mientras mi anfitrión proseguía hablando.

-Extraño cómo los grabados pueden hacerle a uno pensar. Tomemos, por ejemplo, éste que hay aquí al comienzo. ¿Viéronse alguna vez árboles como éstos, con tan grandes hojas colgando de las ramas? Y estos hombres... no pueden ser negros. ... ¡Pardiez! Más bien parecen indios, aun cuando estén en Africa. Algunas de estas criaturas que se ven aquí miran cual si monos fueren, o medio monos medio hombres, pero jamás he oído que hubiere nada parecido a esto. -Y señaló con el dedo una fabulosa criatura obra del artista, que podría describirse como una especie ¿e dragón con la cabeza de un lagarto.

-Pero ahora le mostraré el mejor de todos... veamos, aquí?... hacia la mitad... -El habla del anciano se volvió algo más pastosa y sus ojos cobraron un brillo más resplandeciente, en tanto que sus desmañadas manos, aunque parecían cada vez más torpes, desempeñaban a la perfección su misión. El libro se abrió, en parte por decisión propia y en parte por ser consultada con frecuen cia aquella página, por la repelente lámina XII en la que se veía una carnecería en un poblado caníbal de Anzique. La sensación de desasosiego volvió a apoderarse de mi, aunque mi rostro no la reflejó para nada. Lo realmente extraño de aquel grabado era que el artista había pintado a sus africanos como si de hombres blancos se tratase; los cuartos y piernas que colgaban de las paredes del establecimiento constituían un horrible espectáculo, y el carnicero con su hacha resultaba terriblemente incongruente. Pero a aquel anciano parecía gustarle tanto el grabado como a mí me horrorizaba.

-¿Qué le parece? A que nunca ha visto por esos mundos nada semejante, ¡eh! Apenas vilo dije a Eb Holt que le encendía a uno y le calentaba la sangre. Cuando leo en las Escrituras sobre matanzas -cómo murieron los medianitas, por ejemplo-, viénenseme a la cabeza ideas así, pero no tengo ningún grabado que mostrarle. Aquí uno puede ver todo lo que se precisa. Supongo que es pecado, pero ¿acaso no nacemos y vivimos todos, en pecado? Cada vez que miro a ese hombre cortado en pedazos un hormigueo recórreme el cuerpo... no puedo quitar los ojos de encima suyo... ¿ve cómo el carnicero cortó los pies de un hachazo? Sobre el banco esté la cabeza, y al lado yo se ve un brazo; el otro esté del lado opuesto del Mientras el anciano seguía mascullando en su lengua presa de un horrendo éxtasis, la expresión de su velluda cara con las lentes encima adquirió caracteres indescriptibles, pero su voz fue desvaneciéndose en lugar de subir de tono. Apenas puedo describir mis propias sensaciones. Todo el terror que difusamente había, experimentado hasta entonces se apoderó de repente de mí, haciéndome detestar con todas mis fuerzas a aquella anciana y abominable criatura que tenía junto a mí. Su locura, o cuando menos su parcial perversión, parecía de todo punto incuestionable. Su voz se había ido apagando hasta casi no pasar de un susurro, y su tono ronco -más terrible que cualquier chillido- me hacía temblar de estremecimiento al oírla.

-Como decía, es curioso cómo los grabados le hacen cavilar a uno. ¿Sabe, joven? Refiérome a este que tenemos delante. Cuando Eb me dio el libro solía mirarlo muy a menudo, sobre todo después de oír al reverendo Clark despotricar los domingos tocado con su gran peluca. Espero que no se asuste, joven, de lo que voy a decirle, pero una vez ocurrióseme una diablura: antes de sacrificar las ovejas para venderlas en el mercado miraba el grabado... matar ovejas era mucho más agradable después de mirarlo... -La voz del anciano bajó muchísimo de tono en adelante; a veces era tan débil que apenas podía oír sus palabras. Hasta mí llegaba el ruido de la lluvia y el batir de los empañados marcos de la ventana, y de repente percibí el estruendo de un trueno cercano, algo muy raro para aqueIla época del año. Un impresionante resplandor seguido de un fenomenal estrépito hizo estremecer hasta los cimientos de la endeble casa, pero el anciano, que no cesaba de susurrar, pareció no advertir nada.

-Matar ovejas era mucho más ,agradable… pero, usted ya sabe, no era tan agradable. En verdad, es extraño cómo llega uno a prendarse de un grabado.. Por lo más sagrado, joven, no se lo diga a nadie, pero júrole por Dios que el grabado empezaba a despertarme hambre de alimentos que no podía cultivar ni comprar... pero no se me altere, ¿le pasa algo?... a fin de cuentas no hice nada, preguntábame sencillamente qué ha bría sucedido de haberlo hecho... Dícese que la carne es buena para el cuerpo humano y que infunde a uno nueva vida, así que pregunteme si el hombre no viviría muchos más años si comiese una carne más igual a la suya... -Pero aquí el susurro del anciano se apagó del todo. La interrupción no fue debida al espanto en que me hallaba sumido, ni a la cada vez más fuerte tormenta, en medio de cuyo desatado furor abrí de repente los ojos para yerme ante una humeante soledad de ennegrecidas ruinas. La causa de todo ello fue un suceso harto simple aunque nada corriente. Ante nosotros se encontraba el libro abierto, con el grabado mirando repulsivamente hacia arriba. Al musitar el anciano las palabras «más igual a la suya» se oyó un golpecito como de un chapoteo, y algo se dejó ver en el papel amarillento de aquel tomo abierto del revés. En un principio pensé si sería alguna gota de lluvia procedente de una grieta en el tejado, pero la lluvia no es roja. En la carnecería de los caníbales de Anzique relucía pintorescamente una pequeña salpicadura de color rojo, añadiendo intensidad al ya de por sí espantoso grabado. Al verlo, el anciano dejó de susurrar, incluso antes de que mi horrorizada expresión le forzase va hacerlo; al instante, echó una mirada al piso de la habitación de donde había salido una hora antes. Seguí la trayectoria de su mirada y vi justo encima, de nosotros, en la escayola suelta del antiguo techo, una gran mancha irregular, como de carmesí húmedo, que daba incluso la impresión de agrandarse cuanto más se miraba. No grité ni me moví un ápice de donde estaba, simplemente cerré los ojos. Un momento después descargó el más titánico rayo que imaginarse cabe, haciendo saltar por los aires aquella maldita casa de indescifrables secretos y relegando todo al olvido; con lo que mi mente se salvó.

CAMPANAS, Poemas Metafísicos, Hongos de Yuggoth, 1920

Escucho las campanas de aquella torre majestuosa;

Las campanas del esplendor de Yule en una noche turbulenta;

Repicando con sorna en una hora lúgubre

Sobre un mundo sacudido por la codicia y el espanto.

Sus melodiosos tonos resuenan en miríadas de tejados;

Un millón de almas insomnes asiste al juego de los carillones;

Sin embargo su mensaje cae sobre un suelo pedregoso...

Su espíritu es cercenado por la espada del Tiempo.

¿Por qué suenan, remedando los años felices

Cuando la paz y el sosiego reinaban en la plácida llanura? ¿Por qué sus acordes familiares provocan las lágrimas De aquellos que tal vez no vuelvan a conocer la dicha?

Hace años os conocía bien... hace muchos años...

Cuando el antiguo pueblo dormía en la ladera;

Entonces vuestras notas resonaban sobre la nieve iluminada por las estrellas En medio de la alegría, la paz y la esperanza eterna.

Mi imaginación evoca el modesto chapitel;

El tejado puntiagudo, negra sombra contra la luna;

Los góticos ventanales, ardiendo con un fuego Que presta la magia a los cínicos tonos.

Venerable cada seto cubierto de nieve bajo los rayos Que añadían plata a la plata del valle;

Encantadora cada choza, cada vereda, cada arroyo, Y alegre el espíritu del aire perfumado por los pinos.

Los pastores profesaban un simple credo;

Vivían en inocente beatitud entre las montañas;

Sus corazones joviales, sus almas honestas en paz, Animados por las sencillas alegrías de los mortales.

Pero una horrible plaga aparece en escena;

Un fantástico nimbo se cierne sobre la tierra;

Formas demoniacas flotan por encima de los bosques, Y ante cada puerta se alzan sombras malignas.

El Tiempo, siniestro bufón, avanza por la pradera;

Bajo su paso la alegría se extingue.

Corazones joviales se desangran con angustia inexplicable, Y almas atormentadas proclaman su influencia funesta.

Conflicto y cambio acosan al mundo vacilante;

Pensamientos salvajes y quimeras ciegan la razón;

La confusión se apodera de una raza senil Y el crimen y la locura merodean impunemente.

Escucho las campanas... las campanas burlonas y malditas Que despiertan recuerdos que obsesionan y paralizan;

Suenan y resuenan sobre un millar de infiernos...

Demonios de la noche... ¿por qué no permanecéis tranquilos?

CONTINUIDAD, Poemas Metafísicos, Hongos de Yuggoth, 1920

Hay en algunas cosas antiguas una huella De una esencia vaga... más que un peso o una forma, Un éter sutil, indeterminado, Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio. Un signo tenue y velado de continuidades Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;

De dimensiones encerradas que albergan los años idos, Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.

Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina, Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos. Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos De la masa inmutable cuyos lados son las edades.

PAISAJE DE FONDO, Poemas Metafísicos, Hongos de Yuggoth,

Nunca he podido apegarme a las cosas nuevas y crudas, Pues vi la primera luz en una ciudad antigua, Donde los tejados apiñados descendían desde mi ventana Hacia un puerto pintoresco, rico en visiones. Calles con puertas cinceladas donde los rayos del sol poniente Bañaban viejos montantes de abanico y pequeñas vidrieras, Y campanarios georgianos rematados con veletas doradas... Tales fueron las vistas que modelaron mis sueños infantiles.

Estos tesoros, heredados de épocas de prudente fermento, Desdibujan la presencia de las débiles quimeras Que se agitan en vana mudanza y con fe confusa Entre los muros inmutables de la tierra y el cielo. Cortan las cadenas del instante y me dejan libre Para erguirme en solitario ante la eternidad.

Expectación, Poemas Metafísicos, Hongos de Yuggoth, 1920

No sabría decir por qué algunas cosas me producen Una sensación de maravillas inexploradas por venir, O de grieta en el muro del horizonte Que se abre a mundos donde sólo los dioses pueden vivir.

Es una expectación vaga, sin aliento,

Como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias, O de aventuras salvajes, incorpóreas, Plenas de éxtasis y libres como un ensueño.

La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas, En viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas, En los vientos del Sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas, En viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna. Pero aunque sólo por su encanto vale la pena vivir la vida Nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.

NÉMESIS, Poemas Oníricos, Hongos de Yuggoth, 1920

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules, Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna, He vivido mis vidas sin número, He sondeado todas las cosas con mi mirada;

Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento Arrastado con horror a la locura.

He flotado con la tierra en el amanecer de los tiempos, Cuando el cielo no era más que una llama vaporosa;

He visto bostezar al oscuro universo, Donde los negros planetas giran sin objeto, Donde los negros planetas giran en un sordo horror, Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre.

He vagado a la deriva sobre océanos sin límite,

Bajo cielos siniestros cubiertos de nubes grises

Que los relámpagos desgarran en múltiples zigzags,

Que resuenan con histéricos alaridos,

Con gemidos de demonios invisibles

Que surgen de las aguas verdosas.

Me he lanzado como un ciervo a través de la bóveda De la inmemorial espesura originaria, Donde los robles sienten la presencia que avanza Y acecha allá donde ningún espíritu osa aventurarse, Y huyo de algo que me rodea y sonríe obscenamente Entre las ramas que se extienden en lo alto.

He deambulado por montañas horadadas de cavernas Que surgen estériles y desoladas en la llanura, He bebido en fuentes emponzoñadas de ranas Que fluyen mansamente hacia el mar y las marismas;

Y en ardientes y execrables ciénagas he visto cosas Que me guardaré de no volver a ver.

He contemplado el inmenso palacio cubierto de hiedra, He hollado sus estancias deshabitadas, Donde la luna se eleva por encima de los valles E ilumina las criaturas estampadas en los tapices de los muros;

Extrañas figuras entretejidas de forma incongruente Que no soporto recordar.

Sumido en el asombro, he escrutado desde los ventanales Las macilentas praderas del entorno, El pueblo de múltiples tejados abatido Por la maldición de una tierra ceñida de sepulcros;

Y desde la hilera de las blancas urnas de mármol persigo Ansiosamente la erupción de un sonido.

He frecuentado las tumbas de los siglos, En brazos del miedo he sido transportado Allá donde se desencadena el vómito de humo del Erebo;

Donde las altas cumbres se ciernen nevadas y sombrías, Y en reinos donde el sol del desierto consume Aquello que jamás volverá a animarse.

Yo era viejo cuando los primeros Faraones ascendieron Al trono engalanado de gemas a orillas del Nilo;

Yo era viejo en aquellas épocas incalculables, Cuando yo, sólo yo, era astuto;

Y el Hombre, todavía no corrompido y feliz, moraba En la gloria de la lejana isla del Ártico.

Oh, grande fue el pecado de mi espíritu, Y grande es la duración de su condena;

La piedad del cielo no puede reconfortarle, Ni encontrar reposo en la tumba:

Los eones infinitos se precipitan batiendo las alas De las despiadadas tinieblas.

A través de las puertas del sueño custodiadas por los gules, Más allá de los abismos de la noche iluminados por la pálida luna, He vivido mis vidas sin número, He sondeado todas las cosas con mi mirada;

Y me debato y grito cuando rompe la aurora, y me siento Arrastado con horror a la locura.

EL CANAL, Poemas Oníricos, Hongos de Yuggoth, 1920

En algún lugar del sueño hay un paraje maldito

Donde altos edificios deshabitados se apiñan a lo largo

De un canal estrecho, sombrío y profundo, que apesta

A cosas horrendas arrastradas por corrientes grasientas.

Callejones con viejos muros que se tocan casi en lo alto Desembocan en calles que uno puede conocer o no, Y un pálido claro de luna arroja un brillo espectral Sobre largas hileras de ventanas, oscuras y muertas.

No se oyen ruidos de pasos, y ese sonido suave Es el del agua grasienta deslizándose Bajo puentes de piedra y por las orillas De su cauce profundo, hacia algún vago océano. Ningún ser vivo podría decir cuándo arrastró esa corriente Del mundo de arcilla su región perdida en el sueño.

HESPERIA, HONGOS DE YUGGOTH, Poemas ONÍRICOS,

La puesta de sol invernal, refulgiendo tras las agujas Y las chimeneas medio desprendidas de esta esfera sombría, Abre grandes puertas a algún año olvidado De antiguos esplendores y deseos divinos. Futuras maravillas arden en aquellos fuegos Cargados de aventura y sin sombra de temor;

Una hilera de esfinges indica el camino

Entre trémulos muros y torreones hacia liras lejanas.

Es la tierra donde florece el sentido de la belleza, Donde todo recuerdo inexplicado tiene su fuente, Donde el gran río del Tiempo inicia su curso descendiendo Por el vasto vacío en sueños de horas iluminadas por las estrellas. Los sueños nos acercan... pero un saber antiguo Repite que el pie humano no ha hollado jamás estas calles.

Sueños del Soñador de Providence